Rhapsody – Dawn Of Victory (2000)

por Xabier Cortés

Rhapsody-Dawn-Of-VictoryDentro de los límites tan marcados de una escena como el heavy metal —en realidad en cualquier escena musical, pero que cobra especial importancia en el caso particular del heavy metal por el carácter marcadamente territorial de sus seguidores— resulta de vital importancia que su público se sienta identificado con los preceptos que se defienden en sus canciones, que exista esa conexión artista-oyente en la que este último se sienta respaldado y en el que muchas veces encuentre una justificación para su modo de vida. Tras el huracán que supuso la vorágine heavy metal/hair metal en los primeros años de la década de los ochenta, que no era sino la respuesta usamericana a ese sonido que se había creado y desarrollado en el viejo continente pero con un aspecto más desenfadado y de bon vivant al que sólo le preocupaba follar, beber, ponerse hasta arriba de a-saber-qué-sustancias. La escena heavy se empezaba a debilitar, esos grupos que antaño consiguieran llenar estadios y embarcarse en mastodónticas giras mundiales habían perdido la conexión con su público, éste se había dado cuenta de que la vida no era una fiesta constante y empezaba a buscar nuevas vías musicales —es aquí donde apareció la horda germana con su forma acelerada de entender el heavy metal, que luego derivaría en el power metal. Pero ni siquiera la ola alemana pudo frenar la sangría que llegaría en los noventa con el grunge y ese aire pesimista de la generación X

El error principal que cometió el heavy fue no saber situarse en el mismo plano que su público; seguía atascado en su mantra sexo, drogas y heavy metal —incluso Manowar,  los defensores del true metal (sic), que aunque profesaran la fe howardiana de Conan, su música en definitiva era otro espejo más de ese mantra, más de lo mismo con esa fantasía naif del ínclito Malmsteen— mientras que esos chavales a los que iba dirigida su música estaban más preocupados en seguir los preceptos de Magic: The Gathering, Warhammer y Dragonlance. En Europa se seguía desarrollando un sonido dependiente del heavy metal pero mucho más refinado, más incisivo y veloz —que ya de por sí era una evolución sustancial en comparación con los locos ochenta— pero tenía algo más. El poderoso imaginario de ese llamado power metal se centraba en su mayor parte en la fantasía heroica de aires tolkenianos como bien supieron explotar —y exprimir hasta el exceso— Blind Guardian. La respuesta a todas esas plegarias, probablemente formuladas desde las cafeterías de las facultades de informática y las tiendas de cómics, tuvieron su respuesta en un grupo italiano que supo encauzar esas inquietudes en una música soberbia y con un carácter épico hollywoodiense desconocido hasta entonces: Rhapsody.

Los primeros dos álbumes de este combo italiano supusieron toda una revolución dentro del cerrado mundo del power metal; algo nuevo se estaba creando y no se conocía su límite —o no se quería conocer ese límite, como acertamos a ver unos años después del boom—. Una fusión, todavía imperfecta en sus primeros dos trabajos, entre una música barroca y ampulosa con un power metal acelerado y de marcado corte alemán. Con la llegada de este Dawn Of Victory que nos ocupa hoy, su tercer lanzamiento, esta comunión entre esos dos mundos aderezado con un brillante espíritu cinematográfico á la Basil Poledouris y con el virtuosismo que ya trajera el sueco Yngwie con sus desvaríos paganinianos quedó marcada a fuego. Rhapsody supo unir todos estos elementos para parir una obra sólida y perfectamente estructurada de power metal épico y —en este Dawn Of Victory en el que se siguen narrando las aventuras de guerrero de hielo y su espada esmeralda— más oscuro para los estándares powermetaleros. Coros épicos que acompañan a los interludios clásico-fantasiosos que ya se han convertido en un clásico de los italianos. Por supuesto, siguen abusando de los vicios típicos del género; parece que alguien amenazara con dar fin a la vida de sus seres queridos de no incluir las palabras glory, holy, fire, magic en todas y cada una de las canciones, pero estos clichés le dotan de un cierto romanticismo adolescente al conjunto.

Dawn Of Victory representa el clímax de esa rama del power metal infectada, para bien, con esa enfermiza devoción por la cosa épica y las superproducciones usamericanas y, le pese a quien le pese, supone un hito a destacar dentro de la escena metálica mundial. El único requisito es acercarse a él olvidando prejuicios y con la mente dispuesto a disfrutar de una fantasía épica hollywoodiense cortada en diez canciones de virtuosismo y equilibrio powermetalero-persiguedragones.

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