Forseti – Erde (2004)

por Xabier Cortés

Forseti¿Qué mágico secreto convierte al neofolk en ese algo que activa en nuestro interior zonas que creíamos olvidadas o que incluso desconocíamos? El neofolk cuenta con una poderosa arma entre su infinito arsenal de recursos con el que recuperar sustratos olvidados: la nostalgia. Nostalgia por un tiempo en el que las sociedades se organizaban por la lógica tribal y no por la vorágine actual. Una época en la que todavía no había hecho acto de presencia el veneno del cristianismo y no había infectado con sus dogmas, leyes y miedos las tierras del viejo continente. Esta nostalgia se convierte en un poderoso aliado del neofolk en su ardua tarea de despertar en nosotros arcanos recuerdos y viejas imágenes; nos recuerda que hay vida más allá de esta sociedad en decadencia que nos ha tocado vivir, nos invita a acabar con los falsos ídolos y dioses artificiales para abrazar nuestra esencia tribal más pura y natural, en definitiva, para hacernos libres. Desde luego no es casualidad que este disco al que hoy le dedicamos estas líneas —y que representa uno de los trabajos más importantes dentro del neofolk, dicho sea de paso— tenga como título Erde —tierra, suelo en alemán— ya que es esto precisamente lo que reivindica el neofolk.

Forseti, moniker tras el que se parapeta el alemán Andreas Ritter, reivindica lo natural sobre lo artificial —tanto en sentido figurado como estricto— a través de sugerentes y evocadoras composiciones repletas de romanticismo por un tiempo pasado mejor e impregnadas por un aura melancólica ya que es consciente de la ardua tarea que se le presenta por delante. Forseti ha sabido reunir en este Erde una deliciosa colección de elementos que elevan el neofolk, que muchas veces se nos presenta como un género áspero y crudo, a un nivel melódico que, por supuesto, llenará de ira a aquellos que son incapaces de mirar más allá —porque también existen incluso en una escena tan reducida como es la del neofolk/folk noir—. Andreas Ritter ha encontrado un lugar común en el que las guitarras se encuentran en perfecta comunión con la melancolía del chelo mientras ambos son arropados por el delicioso y cálido sonido de la flauta todo ello sin olvidar la marcialidad sólida y contundente de unas percusiones que hacen acto de presencia en los momentos más dramáticos y frenéticos del disco —Erdennacht o Der Graue König, por ejemplo— y siempre situándose en la orilla acústica, no ha lugar aquí para trucos de estudio ni fuegos de artificio. Erde nos agasaja con su sencillez, una sencillez que se nos resuelve como un espejismo ya que encierra tras de sí un enorme y complejo puzzle que debemos descifrar para alcanzar a comprender la melancólica nostalgia que se esconde tras las once canciones que lo completa.

Forseti y concretamente este Erde es lo más importante que le ha pasado al neofolk en estos primeros años del siglo XXI y gracias a él encontramos un lugar en el que nos damos cuenta de que existe algo más allá del infierno de cristal y acero en el que estamos enterrados. Forseti lebt!

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