Gackt – Mizérable (1999)

por Álvaro Mortem

Gackt - Mizérable (1999)Los prejuicios connaturales hacia las formas más esperpénticas derivadas del pop nos hacen desconfiar por sistema de grupos o artistas que, quizás de tener un público menos enfervecido por estrategias de marketing lamentables, en otras circunstancias podríamos haber tenido en consideración dignarnos a escucharlos. Eso, lejos de ser un defecto por parte del emisor, es siempre una falla por parte del receptor: indistinguir las maniobras comerciales de las compañías del talento artístico de un individuo es uno de los más comunes, y dolorosos, fallos del pensamiento crítico. Por eso se hace necesario abordar aquellos que más desapercibido han podido pasar, precisamente, por nunca haber pasado desapercibido.

Hablar de pop en Japón, de forma particular durante los 90’s, es pararse en las derivaciones acontecidas desde los grupos que acotaron una particular popularidad para el visual-kei. O lo que es lo mismo, es importante hablar de Gackt. Después de abandonar Malice Mizer se arrojo en búsqueda de una popularidad nacida desde su capacidad innata para Lo Pop —un gusto adquirido y que va más allá de lo musical, en cualquier caso, como nos demuestra su obsesión por Gundam—, cuyos primeros resultados fueron, por irregulares, interesantes: en Mizérable, el mini-album, encontramos la versión de Gackt más desquiciada desde su disposición esperpéntica como primus inter pares en el visual-kei; desde la primera versión de la canción homónima, sobrecargada de arreglos que le aproxima a la estética de las gothic lolitas: armónicas en su completa ausencia de sentido estético, hasta la versión final, donde un orondo bajo crea una superficie perfecta para un violín dado en fuga, podemos ver una fascinante evolución desde el exceso nauseante hasta el daimónico equilibrio que acontece en su singular popeidad; es pop por fundarse en la antítesis de lo pop; se apropia del pop oscilando entre lo extremo: la extrema saturación y la extrema sobriedad.

¿Cómo hablar de Gackt si él mismo nos obliga a hablar en sus propios términos? Pretender bajarlo del trono como si no hubiera conseguido encontrar el subterfugio para entrar al asalto del rey, entrando subrepticiamente como bufón y consejero, sería negar lo obvio; jugar con sus reglas, admitir un doble movimiento tan extraño como pertinente, nos llevará a tener que admitir la lógica detrás de sus actos. Gackt tiene un sentido del ritmo, incluso cuando se nos aparece en un barroquismo obsceno, del cual carecen la mayoría de músicos. Detrás de sus marismas de ruido o de silencio, se puede intuir el rumor del oleaje que constituye la esencia de su parecer: como en el jazz, es tan importante escuchar lo que suena como lo que no suena. Por eso hacer una comparación entre las dos versiones más extremas de Mizérable y su versión final nos entrega un extraño, pero perfecto, campo experimental para comprender la lógica gacktiana. Como un corsi e ricorsi extremo, lo que queda en común en toda versión de ellas es el mismo sentido único de la musicalidad, del devenir constante, del ritmo puro; pretender reducir su música al absurdo de su estética o de su comercialidad, sería negar lo obvio: una asombrosa capacidad para sintetizar un instante sentimental en el código cifrado del ritmo.

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