Cruyff in the Bedroom – Ukiyogunjou (2010)

por Álvaro Mortem

Cruyff in the Bedroom - Ukiyogunjou (2010)Si existe un lugar común para la crítica musical, aunque en realidad no sea más que una proyección particular de un vicio de toda forma de periodismo, es afirmar taxativamente como «x es el nuevo y»; una vez descubierto los enésimos Franz Kafka y Alfred Hitchcock, en la música estamos descubriendo de diario los nuevos-algo en dos posibles vías bien diferenciadas: Joy Division y My Bloody Valentine. La reducción al absurdo que supone afirmar que un artista presente es igual que un artista del pasado es algo que se le suele escapar al crítico medio, ya que afirman como elogio aquello que debería ser esbozado como crítica: la ausencia de originalidad, la copia de códigos que no se comprenden, y mucho menos asimilan, para apropiárselos en un movimiento personal. La falta de entendimiento en el artista comienza en la incomprensión del crítico.

Cruyff in the Bedroom entrarían dentro de la categoría de «los nuevos My Bloody Valentine», de no ser porque los adaptan como una herencia pero no como un finalismo absoluto al cual dirigirse de forma efectiva: el afecto puede en ellos sobre el efecto, literalmente. Su particular visión del shoegaze incluye impecables muros de ruido blanco, inquebrantables e incolumnes, soterrados en un desarrollo de bajos que haría palidecer de envidia a cualquier grupo del post-punk revival que pretenda preciarse como mesías del Santo Bajo; en lo particular, su logro se da en un movimiento doble: aceleran sensiblemente el ritmo natural del género y le adhieren unas connotaciones particulares de sentimentalismo. Lo primero, que se nos muestra en su capacidad para ir «más rápido pero más lento» —las melodías son aceleradas, pero la voz languidece al estirar las palabras para desacelerar el conjunto—, es lo que permite lo segundo: al adquirir cierta velocidad, lo que debería ser oscuro puede devenir con sencillez en bella melancolía.

Como ocurre la síntesis mágica a través de la cual el conjunto deviene en una oda al sentimiento, es algo que se escapa a la comprensión. Si bien el bajo sostiene con firmeza las melodías, siendo solidez en lo etéreo, ni las guitarras ni la batería, con un excelso exceso de platillos, se nos dan en un sentimentalismo particular. Se nos dan en una técnica impecable —lo cual, en virtud de la tradición, siempre se ha considerado antítesis de lo sentimental—. ¿Donde acontece entonces la alquimia a través de la cual el shoegaze deviene aquí emocional? A través de las mínimas, pero significantes, disrupciones que crean su conjunto: aunque son herederos de My Bloody Valentine, su movimiento se comprende desde Joy Division: pasan desde la brutalidad abierta de la lentitud hacia el desplazamiento de la acción en una lentitud acelerada.

Un cambio de ritmo, de forma en conjugar el ritmo, es suficiente para erigir necesidad de una nueva forma de moverse: he ahí el tránsito desde la paisajística emocional hacia la desnudez de la emoción en el shoegaze.

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