Dream Theater – Dream Theater (2013)

por Xabier Cortés

Dream TheaterExiste para mí un problema muchas (demasiadas) veces insalvable al encarar cualquiera de los últimos trabajos de este mastodonte del metal progresivo: el empeño férreo y machacón por rodear a sus canciones de una vorágine virtuosa —de excelente factura técnica, eso sí— que convierte sus, en general, sólidas composiciones en un persigueteclas y corretrastes que se vuelve repetitivo y frío según vamos profundizando en él. Desde luego que somos capaces de disfrutar con un despliegue técnico al alcance de muy pocos músicos a nivel mundial pero todas estas maniobras y cabriolas expertas nos impiden admirar aquello que Dream Theater nos quiere contar. Porque, no nos engañemos, resulta harto complicado concentrarse en visualizar los complejos paisajes más o menos profundos sobre los que basan sus composiciones si tenemos a nuestro lado a Petrucci correteando por el mástil de su guitarra a una velocidad obscena, por ejemplo. En ocasiones resultan tan perfectos, tan asépticos, tan meticulosos que resulta imposible encontrar atisbo alguno de empatía con el grupo o con aquello-que-nos-quiere-contar; nos quedamos embobados admirando los hipnóticos movimientos y guiños técnicos en lugar de vernos arrastrados a los inmensos parajes visuales que son capaces de crear Dream Theater.

Se me ocurren dos razones para nombrar a un disco con el propio de la banda; que se trate del primer lanzamiento de la misma o que se trate del álbum definitivo del grupo. Evidentemente no nos encontramos ante el primer disco de Dream Theater por lo que casi podríamos asegurar que nos estemos enfrentando al mejor —siempre según su criterio, claro— disco de Dream Theater. Discrepo, veamos por qué. Tras la evitable, de verdad, introducción con irritantes toques a Danny Elfman se destapan unos Dream Theater más agresivos que en anteriores entregas con un Mike Mangini absolutamente desatado y al que se le nota ya sin ataduras de ningún tipo dentro de la dinámica del grupo. Petrucci y compañía han resuelto con vigor lo que podía haber significado el fin de la banda, han querido recuperar algo de esa agresividad sutilmente inspirada por el thrash —repito, sutilmente y siempre bajo los estándares de este combo oriundo de Boston— con ciertos matices y riffs que nos traerán a la mente esa inmensidad titulada Awake. Agresivos sí, pero no podían dejar de lado a esa ingente cantidad de seguidores ávidos de escalas a la velocidad del rayo en las manos de Petrucci —si vas buscando esto en Dream Theater, te sugiero que te dirijas directamente al minuto cuatro de Surrender To Reason—, de disfrutar de un Jordan Ruddess desplegando toda una colección de maniobras inhumanas sobre su teclado. Es precisamente en esos momentos en los que Dream Theater —el disco y el grupo— se vuelve tedioso aunque no carente de cierto encanto.

Con este álbum, que es en definitiva toda una declaración de intenciones sobre lo que es realmente el grupo en 2013 tras treinta años de carrera, es hora de asimilar a estos renovados, en parte, Dream Theater y esperar con ansia esos nuevos caminos que estén dispuestos a afrontar en el futuro. Y desde luego que no se me ocurre mejor forma para dejar el luto por la marcha de Portnoy que este homónimo de Dream Theater.

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