Bloodlights – Stand Or Die (2013)

por Xabier Cortés

BloodlightsNo nos cansaremos de manifestar en este pequeño santuario llamado Studio Suicide la capital importancia del carácter evocador de la música y de que éste acierte en generar una serie de paisajes visuales en los que encontrarnos frente a frente con el artista de manera que seamos capaces de asimilar todos y cada uno de los detalles que engloban una obra artística musical. Cuando hablamos de rock ‘n’ roll tampoco debemos despistarnos de esta máxima que con tanta vehemencia defendemos aquí pero debemos prestar atención a otro aspecto singular de este movimiento: la energía. Una energía que nos debe abordar como un certero puñetazo a mano desnuda en la mandíbula; un golpe seco y contundente que nos obligue a dar un traspiés. Es en ese preciso instante, en el momento que nuestros sentidos y nuestro cuerpo intentan recuperarse del golpe, en el que sabremos que este rock ‘n’ roll destila honestidad. Desde su primer trabajo, titulado simplemente Bloodlights, este combo noruego comandado por el exGluecifer —sí, lo sé, pero tened en cuenta que resulta harto complicado encadenar ideas sobre Bloodlights y Captain Poon sin nombrar a ese gigante noruego— Captain Poon y, a su manera, surgido de las cenizas de ese leviathan rock ‘n’ roll nórdico llamado Gluecifer, se ha propuesto continuar con el legado y someternos en cada uno de sus discos a un delicioso y furioso castigo. Stand Or Die es su último, por el momento, uppercut dirigido a nuestra mandíbula.

Si bien en sus dos anteriores lanzamientos ya dejaban constancia de su exquisito gusto para componer auténticos zarpazos de rock ‘n’ roll de marcadísimo carácter nórdico, cómo no, con su nada despreciable dosis de furia punk muy de la escuela de Turbonegro y alguna que otra concesión a los sonidos puramente metálicos, es en este Stand Or Die cuando Bloodlights han conseguido expandir sus propios límites y alcanzar —y sobrepasar— un nuevo listón. Continúa la estela de Gluecifer, es más, casi podríamos considerar este álbum como una suerte de continuación al Automatic Thrill con la evolución que le aportan haber visto la luz diez años después de esa obra de Gluecifer. Estamos hablando de rock’n’ roll por supuesto, pero son para enmarcar, y ponerles un piso en la costa ya que estamos, esos giros heredados directamente de Motörhead —préstale especial atención a la canción que da nombre al disco y sentirás el aliento a Jack Daniel’s de Lemmy brotando de los altavoces—y con unas más que acertadas irrupciones á la Judas Priest, como sucede en el riff inicial de Blackouts & Landmines que huele a himno y acería inglesa a kilómetros.

Captain Poon y sus huestes continúan jugando en su propia división y demostrando, otra vez, que Noruega continúa siendo capaz en 2013 de exportar un rock ‘n’ roll que nos hará olvidar el tradicional frío de sus tierras para trasladarnos al backstage de algún antro de mala muerte perdido en la ruta 66 mientras somos golpeados por todo tipo de brebajes de dudosa salubridad y mujeres armadas con peligrosas y sugerentes armas. Larga vida a Bloodlights.

 

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