Audioslave – Audioslave (2002)

por Álvaro Mortem

Audioslave - Audioslave (2002)Hubo un tiempo donde los profetas bajaban al pueblo, los hombres podían incluso creer en sus palabras; los poetas reinaban la naturaleza, la historia la escribían los músicos y los actores eran la máscara del propio pensamiento: era posible leer la mente del vecino, del sacerdote y del rey a través de ellos, interpretando sus palabras, comprendiendo su apropiarse el lenguaje. Eran la sombra de nuestros días. Una sombra que venía con la noche, que iluminaba la tierra al hacer resaltar con discreción lo importante, negando en el proceso la luz cegadora sobre los objetos; un objeto dorado sólo es bello si es discretamente teñido por una luz tenue, convirtiéndose en un horror cuando se pone bajo los potentes focos de la luz. El bello encanto de la sombra reina el mundo.

Audioslave, cuya importancia en el ámbito musical contemporáneo está fuera de toda duda, se definirían por esa necesidad de situarse como una sombra sutil dentro de un panorama que parece estar poblado por la cegadora luz de las estrellas. Su encanto es el de la sutilidad. Por eso encarar la escucha de Audioslave nos sugiere la propia imposibilidad de aprehenderlo en su totalidad inmediata: hay rock, un regusto grunge, un pellizco pop y un buen puñado de stoner; ahora bien, no son reductibles a la mera suma de sus partes. Audioslave suena como una sui generis mezcla de personalidades confrontadas dadas en una peculiar sinergia que se mueve por una inercia sospechosa, mística en cierto grado. Hacen de lo imposible una posibilidad, mezclando aquello que se supone que se repelía entre sí para sintetizar un sonido único. Si Audioslave tiene un logro particular, que es un logro que rara vez alcanzan los super-grupos, es haber conseguido crear un sonido con tanta personalidad como para que cualquier pretensión de categorización carezca de sentido; es rock, pero es el rock de Audioslave.

Destacar el trabajo de unos sobre otros en un trabajo que consiste en el perfecto entrelazamiento de la música, sería un error. Las guitarras de Tom Morello anidan con el bajo de Tim Commerford siendo atravesado el conjunto por la batería de Brad Wilk; sobre el conjunto surfean las vocales de Chris Cornell con la sutileza de aquel que se conoce en comunión con la totalidad de la infinitud de posibilidades. Ésto, que parece ser propio de cualquier grupo, es algo excepcional.

La magia que se desata en ésta síntesis es la sinergia que se crea entre ellos, haciendo imposible que Audioslave existiera del mismo modo si uno de los miembros del grupo desapareciera del conjunto. ¿Cuantas veces un grupo ha cambiado uno de sus miembros sin cambios, sin perjuicios, pudiendo mantenerse en un perfecto estatismo? Pocas: sólo cuando han tenido un líder claro capaz de mantener el barco por sí mismo, comandando al resto como subalternos. Lo particular de Audioslave es que son un todo inconcebible cambiando alguna de las piezas del engranaje, ya que sólo en las fricciones originadas en su encuentro originario podría darse esa alquimia imposible con la cual consiguen articular un discurso propio; quintaesencia del rock, pero profundamente propio.

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