Judas Priest – Painkiller (1990)

por Xabier Cortés

Judas PriestCuando hablamos de algo tan amplio como es el heavy metal, en su forma más primitiva y arquetípica pero siempre dentro de lo que conocemos como heavy-de-manual, enseguida surge un nombre sobre el resto: Judas Priest. Cierto es que este quinteto de Birmingham nunca ha sido identificado como parte de la new wave of british heavy metal, pero esto no nos impide decir que fue uno de los grandes responsables de la explosión ochentera del heavy. Es más, podemos ir más allá y concluir que Judas Priest fue el nexo de unión entre ese proto heavy metal —sí, incluid aquí todas las comillas que estiméis oportunas— de  la santísima trinidad —Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath— con toda la vorágine puramente NWOBHM que vendría de la mano de Iron Maiden, Saxon, Samson y un inmenso y largo etcétera.

Uno de los secretos de Judas Priest, y de este álbum en particular, es la labor tras la batería de Scott Travis: todo un ejemplo de pegada e intensidad. Intensidad que te deja sin respiración —y más si eran un joven adolescente, todo hay que decirlo— con los primeros segundos de la canción que abre este disco: Painkiller; que, desde luego, no es casualidad que lleve por título el mismo del álbum, condensa en sus poco más de seis minutos todo la esencia y todos los elementos que han convertido a este álbum en uno de los trabajos, más completos, mejor ejecutados y más emblemáticos de la banda de Birmingham. Judas Priest siempre recorrió un camino más “maligno” o malote que Iron Maiden, por ejemplo, desde luego que no encontrarás esos elementos melódicos y proggies que hicieron de Iron Maiden lo que es hoy en día. Judas Priest es afilado y contundente, frío si me apuras, incluso en sus escarceos y acercamientos hacia algo “radiable” como el Point Of Entry y hasta su vuelta al redil puramente heavy —huyamos de una vez del palabro truemetal, por favor— que fue el Screaming For Vengeance y que contenía, entre otros, himnos de la talla de Electric Eye, seguían conteniendo esos duelos de guitarras marca de la casa y siempre con la firma del combo ganador Tipton-Downing, desarrollados sobre una base rítmica frenética de la mano de Travis y Hill. En Painkiller todos los elementos, clichés, guiños que hicieron de Judas Priest una de las bandas más poderosas dentro del género están presentes pero llevados a un nuevo nivel. Un nivel, más acelerado, más intenso, más cortante, más salvaje, más Judas Priest que nunca.

Painkiller se presentó en 1990, una década complicada para el heavy metal que ya no gozaba del favor del público mayoritario, un público que había encontrado en el grunge los himnos que la generación X necesitaba. Desde luego que Judas Priest, como muchas otras bandas grandes de la época dorada llena-estadios, continuaba con una sólida legión de seguidores ávidos por seguir paladeando frenéticas carreras por los trastes, contundencia rítmica y una voz con unos insultantes agudos que escupían un discurso en el que predominaban —y lo sigue haciendo hoy, en pleno 2013— el cuero, las tachuelas y cosas afiladas en general, las motos de cilindrada obscena, los ángeles y los demonios. Una leyenda que merece que se le dediquen las escuchas pertinentes, sea cual sea vuestro credo, para poder comprender un poco más la evolución de la música en los últimos treinta años.

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