The Tuss – Rushup Edge (2007)

por Álvaro Mortem

The Tuss - Rushup Edge (2007)

El arte es una cuestión de ego. Es imposible sobrevivir ante la exposición pública que supone cualquier creación artística, el análisis y juicio pormenorizado por parte de al menos dos clases de expertos —las definidas como crítica impresionista y académica, obviando en el proceso la insidiosa opinión particular—, si se carece de un ego blindado contra cualquier apreciación negativa. Nadie crearía arte sin creerse más allá de las críticas. Quienes se dejan embelesar, acaban auto-derrotándose al repetir sus logros hasta vaciarlos de toda significación; quienes se dejan embarrar, acaban derrotados por ser incapaz de ir más allá en aquellos caminos que sólo ellos han podido trazar. No existe arte exento de ego, incluso cuando éste asume extrañas formas.

The Tuss, uno de los múltiples y desquiciados proyectos paralelos del músico Richard D. James, también el último hasta el momento, es una función enmascaradora de ese ego desbordado: ocultar su genialidad no por vergüenza, sino para permitirse avanzar en diferentes posturas alternativas sin temor al juicio popular. Si no es él, no pueden acusarle de haber traicionado su música. Bajo una impronta de corte acid, aún cercano a las premisas analógicas de AFX, practica una fusión con su omnipresente breakbeat que da lugar a un estilo incidental, sorprendente, puro Aphex Twin. Pretender definir el sonido de The Tuss en particular, o el de Richard D. James en general, resulta un acto ridículo; si bien es cierto que The Tuss asume la música desde una perspectiva matemática, no sin ello abandonar un sentido paisajístico singular, es imposible reducirlo hacia ciertas premisas musicales. O de cualquier clase.

Su búsqueda de la pista de baile desde una premisa completamente cerebral, base del IDM, le lleva hasta melodías que parecen complejos ejercicios de estilo matemático donde el arte es, por sí mismo, la resolución de las ecuaciones propuestas. Su existencia es el arte. Por ello sorprende su capacidad de síntesis a través de la cual consigue perfilar, desde algo exento de cualquier interés musical primario, algo que se define como una melodía ortodoxa. No sólo ortodoxa, sino tan brillante como accesible. Eso no excluye su singular complejidad, la imposibilidad de desgranar cómo consigue sintetizar esa piedra filosofal musical —he ahí su genialidad, ya que es imposible saber como define un tono tan singular cuando cada proyecto parece antitético con respecto de algún otro—, que lo arrastra hacia un interés que nace ya no exclusivamente del placer que suscita su escucha, sino la curiosidad artística de saber cómo lo hace. Richard D. James, ante un sintetizador, forma una laberíntica ruta de sonidos tan inescrutable, tan profunda, tan laberíntica, que resulta absurdo siquiera hacer algo más allá de dejarnos llevar; se necesita un genio para descifrar otro genio, o quizás siquiera ni un genio podría descifrarlo.

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