Nirvana – Nevermind (1991)

por Álvaro Mortem

Nirvana - Nevermind (1991)No extraña comprobar como son aduladas como obras maestras que deberían quedar siempre indiscutidas aquellas obras consideradas «clásicas», tampoco lo es comprobar que las así consideradas por muchos pequen de ser la desnortada perspectiva de gente demasiado embebida en una época ya más muerta que desaparecida. También es cierto que, entre ambas posturas, irreconciliables e irredentas, existe punto medio que resulta canto de cisne de la cordura: no siempre los clásicos son las obras más significativas de los autores. No por menos significativas peores, sino que dentro de su canon podrían considerarse obras menores o, cuanto menos, obras sobredimensionadas pero lejos de ser mediocres. O como es el caso, momentos donde es impensable siquiera pensar una jerarquía de tal clase entre los trabajos de un artista.

Hablar de Nevermind es hablar de sobredimensión. Como primer gran éxito de Nirvana, aquel que fue el salto definitivo hacia la conquista de un mainstream al cual era exógeno —aunque no faltan teorías conspiranóicas de que tal alzamiento fue provocado por intereses políticos, para adormecer consciencias adolescentes avivadas por el hip-hop; plausible, pero el mainstream intenta más que consigue tendencias: le resulta más fácil copiarlas, o comprarlas—, resulta tan límpido y problemático como cabría esperar. No podría ser de otra forma. No podría haberse considerado con menos aspavientos a favor y en contra. Nirvana pierden por el camino gran parte de los referentes hardcore, ahora re-convertidos en sutiles formas subyacentes, haciendo que su rabia pase de adolescente hacia juvenil en algunas letras que pueden pecar de muchas cosas, pero en ningún caso de cómodas; pretender que una canción como Smell Like Teen Spirits sea un canto hacia la pasividad es haber entendido no mal el mensaje, sino al revés. Hacen del hardcore su propio ADN, ahora derivado hacia formas más pop, aún heredas de Cro-Mag, pero tamizadas de forma elegante hacia esos tintes stoner que, contra todo pronóstico, aquí brillan con más fuerza. Accesible, no comercial.

Negar la condición popular, pop en sentido cultural, no musical, de Nevermind sería hacer de menos a lo que es. Más accesible que Bleach, menos apegado al instinto underground —menos porque ya no habita en él, sino que se hace habitar por él; hace del underground algo inherente, constitutivo, de su estilo incluso cuando se hace más accesible con el movimiento— no tan depurado como In Utero, su magia consiste en conseguir desatar una neblinosa capacidad para el himno generacional ya no en un par de ocasiones, sino con cada una de las canciones del disco. Suena retro, pero es actual. Nevermind es una rareza imposible, un pedazo de underground elevado a la cima del mainstream, una patada en el hígado que hace vomitar bilis haciéndose pasar por algo más tolerable, algo menos doloroso. Auténtico hito de lo pop, hijo bastardo de una veta germinal de odio experimental, el grunge nunca conoció tierras más fértiles para evolucionar.

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