Alter Bridge – One Day Remains (2004)

por Álvaro Mortem

Alter Bridge - One Day Remains (2004)Afirmar que los 00’s no fueron fértiles en lo que respecta a las novedades musicales, el cultivo de nuevas formas, de nuevos géneros, no sería una boutade: conociendo apenas sí el encuentro de nuevas formas, lo que más abundó era una vuelta al pasado o la fusión de diferentes géneros. Si somos algo más optimistas, podríamos hablar de lo que ocurría en los márgenes. Aquellos grupos que apostaron de forma fuerte por una personalidad propia, que los hubo, que no fueron pocos, resultaban por lo demás tan inclasificables que cualquier pretensión de imitarlos quedaba en una risible, por ridícula, boutade irónica. Quizás si los géneros murieron con los 00’s, es porque estaban mejor muertos.

Hablar de Alter Bridge es hablar de una rareza que se vendió como post-grunge, se afianzó como metal alternativo y actualmente es, para sorpresa de muchos, simplemente Alter Bridge. ¿Hard rock? No exactamente, ¿rock? Por genérico, obvio. No se puede negar que tiene unas guitarras pesadas que, acompañadas de unas voces de tono menos áspero de lo habitual en su campo, consiguen un efecto personal; tampoco se le puede negar la influencia del grunge, obvio hasta la nausea en canciones como Burn It Down, pero en términos generales lo único que puede decirse de One Day Remains es que es la apreciación única de una colisión de universos personales: nadie que no fuera la combinación de sus integrantes, de Alter Bridge, podrían haber hecho un disco tan personal y, al tiempo, con unas connotaciones tan próximas al mainstream más consciente de la necesidad de una cierta calidad y pureza en el rock. Calidad y pureza que, desde luego, ha quedado descuidada en favor de unos géneros que han buscado, con demasiada fruición, más coherencia interna que la pretensión de trascender más allá de sus bases seminales.

Su triunfo particular no llega sólo por tener personalidad propia, conditio sine qua non para conseguir un éxito que vaya más allá de la anécdota o el one hit wonder, sino también por saber como excitar los puntos erógenos del ámbito artístico. Alter Bridge componen himnos y baladas con la facilidad que otros componen singles soporíferos que se recrean en más de lo mismo que, por triunfar en el pasado, consigo o con otros, ya creen que funcionará de forma efectiva en el presente. Metalingus como paradigma —paradigma, además, llevado aún más lejos en tanto fuera la canción de entrada del ya retirado wrestler Edge; su condición de himno está tan fuera de duda que podía esgrimirse, en un contexto de batalla, como tal— de sus arranques grandilocuentes, de hitos que buscan ser canciones con la cual hacer venir arriba al público, demuestran que combinan aquellos dos aspectos que, por irreconciliables, son la alquimia básica de cualquier artista: mantener una personalidad coherente que no se venda a intereses espurios y conseguir sintonizar con la sensibilidad particular de un público por definición saturado. Saturado, pero no imbécil: Alter Bridge da al público aquello que en el fondo anhela, no aquello que exige: música que vaya directo al nervio y quede haciendo simiente en nuestro subconsciente, no tonadillas pegadizas que olvidemos tan vacías como nos llegaron.

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