Sonic Youth – Daydream Nation (1988)

por Álvaro Mortem

Sonic Youth-Daydream NationLos caminos del rock son inescrutables. Por eso no extraña que existiera la no wave o que, durante los últimos 80’s, el noise rock fuera uno de los géneros más populares dentro de la subtipología del rock. No debería extrañarnos. Definiéndose como género en eterno cambio, juvenil y por juvenil, ya que nunca se puede simpatizar con dos generaciones distintas con el mismo sonido —nada menos seductor para un adolescente que la música paterna—, es lógico que cualquier pretensión de acercamiento parta desde esa extrañeza que requiere re-pensar lo sabido del género. Salvo, quizás, aquel núcleo duro que lo compone: lo juvenil.

Aunque toda popularidad siempre es cuestionable, ya que en el rock rara vez se arriba en un mainstream en tanto tal, siendo cada vez menos probable según vamos llegando hasta el presente, decir que Sonic Youth han sido populares no es una boutade. Es un hecho. Hecho extraño, incomprensible, pero ahí está: música alternativa para juventud alternativa. Daydream Nation, canto de cisne, trabajo más accesible en cuanto a buen gusto en la medida que media lo culto (noise) con lo popular (rock, aunque de raigambre próxima al hardcore), sería el nombre al cual tendríamos que referirnos para hablar de su popularidad. Popularidad lógica, con base. Aunque herederos de una tradición que partiría de The Velvet Underground lo interesante del disco es que desarrollan, contra todo pronóstico, un estilo amable y juvenil que invita al baile. Al baile, al suicidio, a la destrucción. Desde su primer instante, con ese himno imposible que es Teenage Riot, nos quedan claros sus propósitos: aquí hemos venido a pasárnoslo bien. A ser jóvenes.

Aunque parte de este patrón para todo, y aunque se pierde hacia formas menos cómodas en un final ejemplar con The Sprawl, el grueso del disco resulta más veloz y violento de lo que su más famoso single podría dar a entender. Pura rabia adolescente. Por eso no extraña que sea oscuro, triste e incluso algo pueril, perfecto ejemplo del rock de la generación X, pero también un ejemplo del grunge por venir. Por ello, también, incomprensible para sus mayores. Tan vital, tan esquizofrénico, sólo tiene sentido como canto de una juventud desnortada, derrotada de base, pero cuyo concepto de fiesta incluyen ensoñaciones de destrucción mobiliaria. Destrucción mobiliaria donde encuentran el amor en la misma medida que una buena paliza. Pura generación X. ¿Qué nos demuestra ésto? Que, para bien o para mal, salvo excepciones, el rock es una música tan caduca como el pop: nace, de base, con fecha de caducidad: tanto vivirá como la juventud de aquellos a quienes se arroga.

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