zilch – 3・2・1 (1998)

por Álvaro Mortem

zilch - 3・2・1 (1998)Raros son los trasvases musicales entre Japón y occidente. Aunque ésto pueda parecer natural, cosa lógica en tanto culturalmente media un abismo entre ambos mundos, la realidad es que sólo en lo musical se ha interiorizado como tal que lo japonés sea algo aparte, si es que no ajeno, de los modos de la cultura occidental; gusta, pero de lejos. Esa distinción se agrava cuando esa función no se circunscribe en direcciones bivalentes, haciendo imposible el triunfo de lo occidental en las mentes niponas, demostrándonos una vez más hasta que punto la música está colonizada por el imperialismo anglosajón: los anglosajones no sólo exportan, sino que imponen, un criterio propio que invisibiliza, a corto/medio plazo, los avances culturales de nuestro tiempo.

zilch, super-grupo liderado por hide (de X Japan) comandando nutrida cuadrilla de músicos importantes dentro del (y adyacentes al) género, nos demostró como debería ser el industrial del futuro. Futuro que es ahora. Su marcado tono de festividad oscura, con herencias que van desde formas sublimadas del post-punk hasta dejes propios del stoner, hacen del conjunto una totalidad ácida, extraña, alucinada. Rareza dentro de normalidad. hide —nos permitiremos saltarnos las reglas gramaticales por partida doble porque hide se estiliza con n minúscula, demostrando así que gusta de la disrupción incluso para quienes deben escribir su nombre— es quien dotaba al conjunto de una dirección común, sino una imposible cohesión interna, al añadir pequeñas pinceladas de rock alternativo que dotaban de un sentido más sólido, aunque más enajenado, al conjunto. Todas las fugas próximas a una estética pop, incluso siendo las más próximas al industrial que puedan encontrarse en el disco, parecen heredadas del esteticismo singular que desarrollaría en uno de sus discos en solitario: Ja, Zoo.

Esa singularidad estética sería la que dotaría de empaque a zilch. No eran sólo grupo de industrial, buscaban reinventar el industrial. O matarlo. Toda su significación parece dirigirse hacia una estética más espacial, post-apocalíptica, que netamente cyberpunk; cantan a la maravilla, a la destrucción, a la rareza como singularidad normalizada. Cada canción podría desgranarse hasta hacer un disco completo de su estilo particular, sin por ello dejar de estar perfectamente cohesionada con el resto: he ahí la extrañeza particular contenida en 3・2・1. Es industrial porque nos suena industrial, no porque suene industrial. Hay máquinas, muerte, revolución, pero llevadas de tal modo que parecen entrar al asalto en MTV pasando a cuchillo al simpático Johann Wald en el proceso. Cuchillo de plástico, porque detrás del asalto guarda, en el fondo, la misma distancia con el industrial como la podía tener una revolución dadaísta con respecto de una revolución obrera: cualquier parecido con el terrorismo, siendo juego, es pura coincidencia. Juego divertido, alocado, también oscuro y contundente, para uno de los discos más inmensos y menos celebrados que occidente debería estar escuchando hoy en bucle. Porque éste es su presente, su pasado, su futuro.

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