Gorillaz – The Fall (2010)

por Álvaro Mortem

Gorillaz - The Fall (2010)En la música siempre hay cierto grado de capricho. Capricho que nace, por lo habitual, de encontrarse ante una idea o juguete nuevo que puede dar de sí no se sabe hasta donde, pero en expectativa tiene posibilidades. Que éstas se materialicen o resulten ser puro humo, sólo presente en la cabeza de quien las concibió, es otro tema completamente diferente. Crear es difícil, incluso cuando se cree tener una epifanía.¿Qué sentido tiene crear un disco donde se utilizara una gama limitada de sonidos o un cierto aparato determinado? A priori, ninguno, pero si Richard D. James hizo de los sintetizadores analógicos de Roland su odiséico Analord, ¿qué pudo hacer Damon Albarn iPad en mano?

Con The Fall encontramos unos Gorillaz más oscuros, por oscuros moderados, que abrazan un estilo más próximo al loungue. La idiosincrasia del iPad, de las tablet, hacer de la informática algo portátil, más ligero, parece haber contaminado la lógica de disco; suena a capricho de aspecto elegante que no llega a hacer nada que no hubiéramos visto antes con más recursos, genio o gancho. Sus melodías, sencillas, de arreglos vanguardistas, por glitch, acompañan vocales, lánguidas, bajo una capa de efectos, cool, que dan al conjunto un trasfondo particular, por onírico, con contrapuntos en forma de distorsiones, como de theremin. Algo agradable de escuchar. Tan agradable, que resulta irritante su incapacidad para instituirse en fuga del ABC de la música electrónica que invoca para sí; cuando pretende infundir de contundencia al conjunto, lo cual consigue con cierto grado en la inclusión de bien medidas percusiones, su triunfo deja ver las costuras del resto de composiciones: son tan blandas, tan pretendidamente cool, que resulta más propia como música de ascensor para un club de moda en Nueva York o Tokyo que para un disco de Gorillaz.

El problema es que Damon Albarn no se debe a Muzak Corporation, ni a Apple, sino a Gorillaz. Aunque consigue afinar algunas composiciones interesantes, incluso algunas que rozan o alcanzan la genialidad, el conjunto acaba arrastrándose como un capricho que tenía posibilidades, que sin embargo se queda en ciernes por una limitada concepción de la electrónica de vanguardia. Limitada porque se impone unas condiciones limitadas, componer el disco sólo con iPad, que nada aporta salvo pretender demostrar que es capaz de hacerlo; sin esa frontera absurda auto-impuesta más por ego que por interés artístico, por demostrar que podía hacer cualquier cosa incluso con recursos mínimos, se deja intuir un disco mucho más potente en su interior. He ahí su problema. Como capricho tiene el problema de acabar resultando más esquema, esbozo, que realidad misma; más primera versión sin terminar que «quiero y no puedo». Pena tremenda, en cualquier caso: siempre es triste ver las ruinas de aquello que pudo haber sido.

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