Bunbury – Flamingos (2002)

por Álvaro Mortem

Bunbury - Flamingos (2002)Nada pesa más que el prejuicio. Si bien es cierto que es el primer paso para adquirir un juicio razonado que nos conduzca hacia un conocimiento tácito de las cosas, no es menos cierto que también resulta más cómodo instituir como hogar el mero prejuicio; trascender su órbita, su gravedad, implica hacer un esfuerzo consciente sobre nosotros mismos: admitir que todo nuestro conocimiento está, por perpetuidad, en construcción. Es difícil de asimilar. Incluso asimilado, es fácil olvidarlo. Acercarnos hacia músicos, o trabajos de músicos, que tienen una fuerte carga emocional asociado en el ámbito crítico requieren un ejercicio consciente de superación del prejuicio para poder constituir una crítica racional y, más importante todavía, justa.

Desvincular a Bunbury de las pasiones que despierta, o de las que despertó Heroes del Silencio, resulta complejo; si hacemos el esfuerzo, al abordar Flamingos, descubriremos uno de los discos más y mejor trabajados desde y hacia una vanguardia pop. Aunque sigue las constantes lógicas de todo su trabajo, pues su personalísima voz no permitiría otra cosa, aquí refuerza el conjunto desde dos perspectivas, dos formas de pop, que se podrían entender complementarias: la musical, que no sería de género pop; y la cultural, que sí sería popular como de masas. En lo musical es pop(ular) por su sencillez, por lo límpido de su producción, no porque sea sencillo sino por lo contrario: el trabajo de edición es tan minucioso, tan bello por sí mismo, que es imposible encontrar un sólo segundo sobrante en el conjunto. Tiene tintes de vanguardias, dejes profundamente extraños, pero en su singularidad perfectamente engrasada consigue resultarnos familiar. Ocurre lo mismo en su ámbito cultural. Es de masas porque trata el espacio, el boxeo y Las Vegas como reflejo de sentimientos universales, que por personales, es todo lo que refleja cualquier gran obra de artista: lo particular (mío) desde lo particular (suyo) por conexión (global).

Quien busque un disco de Héroes, o un disco de pop al uso con voz singular, se equivocará dándole una oportunidad. De ahí la posibilidad del prejuicio. Si bien Flamingos es comparable al resto de sus obras, tanto por lo que adelanta como por lo que refleja —su amor hacia las rancheras tiene aquí correlato en su cierre—, su sentido particular nace por sí mismo. Es una rareza popular. Popular, como todos sus referentes, no porque sean pop o porque sean seguidos por las masas, sino por la belleza primitiva, cargada de significación, que ocultan sus canciones. Nada sobra, nada falta. Es un mecanismo de relojería donde cada canción remite a una anterior o posterior, haciendo fluir al conjunto como, en la música, se suele olvidar que debe actuar el arte: siendo auto-referencial, mandándonos de una pista a otra, haciéndonos partícipe de algo que parece escrito para nosotros por haber sido capaces de encontrar todas las pistas dispersas en su interior. Quizás por eso, sin prejuicios, se pueda afirmar la excelencia de Flamingos: queda tanto tras de sí, incluso después de que todo se fuera con el huracán…

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