Mount Eerie – No Flashlight (2005)

por Álvaro Mortem

Mount Eerie - No Flashlight (2005)Algo debe tener el monte Eerie para que la conexión con la naturaleza sea tal que parezca salir de lo humano. Salir para estar más próximo. La desordenada vida de la civilización urbanita, alienante por necesidad, nos aleja de forma sistemática de aquello que en lo más profundo de nuestro ser conocemos por existencia; nada queda, salvo el reverberante eco del monte interior. Quizás esa sea su secreto. Quizás por ahí deberíamos a comenzar a pensar. No es que la naturaleza esconda algo que haya perdido el hombre, sino que en la naturaleza el hombre tiene tiempo para pensarse en relación con la totalidad de cuantas cosas le rodean: en tanto el trabajo es suyo y el trabajo es él, la naturaleza conecta con aquello más próximo a lo humano.

Mount Eerie, pseudónimo de Phil Elverum, ha dedicado toda su vida artística a la recreación de los ambientes de naturaleza a través del folk con prodigiosas vetas lo-fi por venas. Venas abiertas de la naturaleza. Escuchar No Flashlight es enfrentarse a las inclemencias de la naturaleza más allá de nuestra cómoda consciencia moderna, civilizada, basada en productos artísticos envasados listos para ser consumidos y tirados; su búsqueda es más profunda, más serena y brutal, que la mera replicación de claves comerciales en algún grado. Desde las formas más sencillas, por limpias mínimas, hasta los desarrollos excesivos donde se arrogan en huracanados procesos de destrucción, todo cuanto encontramos tiene ese deje extraño y abrupto propio de la naturaleza: nos es hostil sólo en la medida que queremos que se nos de todo hecho de antemano. Tenemos que trabajar con, no contra, él para poder disfrutar sus frutos. Frutos maravillosos que sólo se muestran en la medida que aceptamos que debemos trabajar en ellos, horadar la tierra, al menos en la misma medida que el artista. Concebir el arte como naturaleza, como algo que debemos apropiarnos a través del trabajo, de la interpretación, para que termine de ser humano.

Si aceptamos que el arte es algo que debe trabajarse en la misma medida en ambas direcciones, entonces comprenderemos por qué el carácter ritualístico intrínseco de No Flashlight incluye la propia consciencia de su arte. Eso incluye la auto-consciencia que se intuye en algunas canciones, por títulos, por dejes musicales, que sólo se puede apreciar si se acepta como un juego bidireccional. La música, como todo arte, en tanto cultura, es un juego de dos: el autor nos ofrece posibilidades, nuestro deber es jugar al nivel de sus expectativas. Hablando de un disco desproporcionado, mágico y que ahonda en las necesidades particulares de la naturaleza recibida que nos es negada, parece difícil empatizar con él. Salvo porque no lo es. Nunca he estado en el monte Eerie, como no necesito haber estado para saber qué se siente en la comunión con la naturaleza a través de la fluida música poética de Elverum. ¿Qué se necesita entonces para emprender el viaje? Nada más que la sensibilidad humana propia de aquel capaz de ver más allá de lo evidente, de lo inmediato, de la ceguera de la civilización.

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