Santo Rostro – Santo Rostro (2013)

por Xabier Cortés

Santo Rostro¿Qué le podemos exigir al doom? Vayamos más allá de sus infinitas mutaciones y quedémonos con el germen: ¿qué es el doom? Queremos que el doom sea denso y pesado, queremos sumergirnos en un pozo de brea: jodidos e incapaces de pensar con claridad, notando como ese viscoso líquido se abre paso por nuestra boca, fosas nasales y oídos, invadiéndolo todo con su mugre negra. Queremos más, necesitamos que ante ese despliegue de intensidad sonora sostenida se proclame la devoción a alguna suerte de deidad oculta, queremos que se vomiten toda clase de mantras prohibidos bajo una insalubre atmósfera ácida, necesitamos sentirnos rodeados de todo este despliegue de Lo Oculto para poder afirmar que, efectivamente, esto es doom. Sucede que nos encontramos con un género de profunda tradición y poderosos progenitores por lo que resulta inevitable darnos de frente con una serie infinita de ramificaciones —algunas llevadas a cabo con exquisita brillantez, otras, sin embargo, rozando el ridículo— en las que resultará tan complejo como gratificante encontrar ese pequeño lugar oscuro, húmedo y brumoso en el que sentirnos como en casa. Santo Rostro no sólo han encontrado ese hueco, lo han convertido en un entrañable y mugriento rincón desde el que castigarnos con doom denso y negro.

Entre las muchas virtudes de este álbum debut del cuarteto que nos ocupa hoy en esta santa casa una sobresale por encima de las otras: la capacidad para saber fusionar diferentes sensibilidades doom en un sólo trabajo. Desarrollos pesados á la Phil Anselmo y sus Down, guiños a Mastodon, la profundidad de unos Black Sabbath, la versatilidad del stoner más lisérgico, todo esto unido en una intensa descarga de unos algo justos cuarenta minutos de duración que nos obligará a pulsar obsesivamente el botón de repetir para seguir sumergiéndonos en este mundo de lodo que han creado estos jienenses. En este disco homónimo de Santo Rostro nos encontraremos con fases de auténtico y caótico frenesí —Blood Run, que abre el disco, no sólo funciona como una excelente introducción al particular universo de Santo Rostro; es también un magnífico catálogo de los sonidos que se irán desarrollando más adelante— pero también encontraremos un lugar para ese doom lento, pesado —valga la redundancia— y denso, un doom del que no habrá, ni falta que hace, escapatoria y que notaremos como va enterrándonos sobre una sólida y contundente base rítmica sobre la que se construye un complejo andamiaje de capas y capas de guitarrazos con esporádicos punteos de marcado carácter blues y una voz que juega con los tonos graves con la misma soltura con la que se desgañita en las partes más frenéticas.

Santo Rostro es doom. Y como buen doom debe —y es— pesado y denso. Punto. No se pierde en una maraña de influencias y no pretende ser nada que que no es. Cuando escuchamos doom pesado queremos sentirnos en mitad del desierto de Arizona, por ejemplo, enterrados con nuestra cabeza sobresaliendo de la arena mientras el sol destroza lo poco que nos queda y vemos acercarse amenazador a un escorpión con sospechosas intenciones. Así es Santo Rostro.

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