9dw / Boris – Golden Dance Classics (2009)

por Álvaro Mortem

9dw  Boris - Golden Dance ClassicsLa prensa musical no habla de splits. No lo hace porque si es incómodo desgranar las virtudes que tiene un trabajo como totalidad, como conjunto cerrado en sí mismo, las dificultades que desentraña hacerlo cuando implican dos grupos diversos contraponiéndose en corta distancia alcanza, en cualquier caso, la imposibilidad inherente de sintetizar un discurso común en dos entes diferentes; más difícil, si cabe, es no caer en la similitud simple, en la influencia mutua, en la reducción general o al género, de los ámbitos compartidos: con quien se hace un split se comparte algo, algo siempre más profundo que la simple necesidad de publicar o unirse en canto con amigos. Porque incluso si son amigos, lo son por algo.

Hablar de Golden Dance Classics entraña la dificultad particular de lo inaprensible de sus discursos ya no sólo por separado, sino por cada momento de cada uno de los mismos; si bien sería fácil saldar la crítica aludiendo a su experimentalismo o su japonismo, cuando no cualquier otro «-ismo» de igual conveniencia —ninguna, ya que sería pasar sobrevolando la superficie sin profundizar en su interior—, carecería de valor hacerlo. Mientras 9dw se enfangan en su jazz de corte electrónico, no cayendo del lado amable que supone el nu-jazz sino una suerte de house à la Chicago que hace al conjunto, aunque más pop, más inaprensible; Boris no se arrogan a un sólo movimiento: para Tokyo Wonder Land se deciden por una feria post-pop indefinible, como parodia de 9dw, cuando para Akirame Flower desatan su consciencia shoegaze para atarla a su más común tendencia hacia el doom metal. ¿Se puede encontrar algo común entre semejante fruto de la disparidad, puesto en conjunto por capricho sólo en apariencia, cuando es imposible hacer una síntesis desde la cual hablar? Ningún buen músico deja penetrar al azar en sus composiciones, y Golden Dance Classics no es excepción.

Su puesta en común es la mirada hacia la maravilla, lo mágico, lo inaprensible. Desde las visiones festivas, feriales incluso, que se desarrollan durante los tres primeros cortes acabamos en lo que suena como esa misma ferialidad —aquí, compuesta a través de la guitarra sobreponiéndose sobre el muro de sonido— siendo arrasada por un huracán. ¿A qué nos lleva tanta festividad? A Akirame Flower, a la flor de la resignación; ese mundo es otro universo, otro tiempo desconocido, al cual podremos regresar siempre que queramos, sólo necesitamos volver a poner el disco, pero acabará siempre en el mismo lugar: volviendo a la realidad, cesando aquel mundo, con la flor de la resignación. No importa cuantas veces volvamos o cuantos intentos hagamos de quedarnos allí, viviendo en eternidad en la fiesta y el jolgorio de la maravilla perpetua, pues siempre deberemos volver con aquel florido trago amargo que nos devuelve a casa.

¿Toleraríamos una eternidad de placer sin acabar, en algún momento, teniendo que responder hacia la resignación? No sólo es dudoso, sino que los nueve días de maravilla permiten que Boris concluyan su magia no con una explosión, sino con una ovación cerrada.

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