Aaron Embry – Yukoku OST (2009)

por Álvaro Mortem

a1174062577_10Si se habla poco o nada de las bandas sonoras de películas dentro del ámbito de la crítica musical, es por la dificultad intrínseca que tienen como objetos musicales mestizos: si bien sus cualidades son musicales, han sido concebidas como herramientas para enfatizar un discurso visual. La necesidad de contextualizar lo musical en lo visual requiere abordar el tema fílmico en cierta profundidad, lo cual puede hacer enojoso la labor del crítico no especializado. Salvo porque no debe hacer nada excepcional. La labor del buen crítico debería ser desgranar la narrativa interna, lo que intenta transmitir el autor, y por tanto en nada cambia a qué vayan asociadas las notas; si imágenes, ideas o sentimientos, todo aquel que biopsia una obra debería ser capaz de hacerlo en relación con lo que significa.

El trabajo de Aaron Embry dotando a Yukoku de su primera banda sonora original, ya que antes utilizaba canciones prestadas de Tristan e Isolde de Richard Wagner —cuya carga emocional resultaba evidente, aunque excesiva, dada la narratividad propia del autor; su recontextualización con las imágenes chirriaba, en cierto grado, por sus disonancias comunicativas—, no es sólo precedente, sino muy necesaria: al articular su melodía de piano de corte mínimo, basado en ritmos repetitivos con escaso andamiaje salvo el del acompañamiento silencioso, como una muda conversación, realza la narrativa desprovista de artificio que supone la obra referenciada; la música por sí misma es un perfecto ejemplo de una sentimentalidad delicada, bien pulida, que no recurre a exageraciones ni grandilocuencia para dejarnos penetrar en la decadencia, y auge, de un gran amor sellando las profundas grietas del tiempo. Sus cambios sutiles, mínimos, próximos al ambient desde una lógica zen de quietud, ayudan al tránsito que va desde la promesa hasta la consecución de todo lo que puede ser el más profundo amor humano.

Si funciona bien en relación con sus imágenes es porque nos narra lo mismo, con los mismos medios, traducidos a su propio ámbito. Aaron Embry no hace un acompañamiento de, sino que completa a, Yukoku. El trabajo, difícil, suponía seguir al gran maestro, Yukio Mishima, a través de su propio campo, el sentimiento romántico, sin arrancarse en extremos ni excesos sonoros, propios del romanticismo; lo consigue porque su delicadeza no pretende combatir ni seducir la originalidad de Mishima, sino indiferenciarse de ella: no es el vestido que quiere ocultar la fealdad imprevista de una mujer desnuda, sino lo contrario: es los colores, los difuminados y las presencias que dotan de absoluta completud a la belleza esplendorosa de la portadora pero, a su vez, siendo bello por sí mismo. Ni oculta ni corrige, sólo realza. Su función sonora es, por tanto, completa, ya que se puede disfrutar tanto por sí misma como a través de Yukoku transmitiéndonos, en ambos casos, lo mismo: el triunfo ante la muerte a través de un amor mayor que las oscuras simas de la vida.

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