Bo Ningen – Bo Ningen (2011)

por Álvaro Mortem

Bo Ningen - Bo Ningen (2011)Si olvidamos por un momento nuestros prejuicios, imaginar un grupo de japoneses afincados en Londres no nos parecerá un canto de cisne de la globalización tanto como una rareza cultivada a medida de sus intenciones. Eso está bien porque sirve para romper nuestro paradigma de neologismos anglosajones, pero también porque nos abre al descubrimiento: al no tener que encarar y superar un prejuicio, porque de entrada ya lo hemos superado, podemos descubrir aquello que se nos tiene que proponer; al no crear ninguna expectativa de entrada, podemos dejarnos contaminar por las que nos propongan. ¿Qué pueden hacer un grupo de japoneses afincados en Londres? Quien crea poder imaginarlo, está muy equivocado.

Si hablamos del disco homónimo de Bo Ningen, todo se mueve en el fino espectro de lo conocido y lo por conocer; el carácter paradójico que atraviesa al grupo, desde su violento comienzo en 4 Seconds to Ascension, depende de situarse como perpetuo in crescendo del cual es imposible saber con qué saldrán reforzados en cada embestida. Asumen un vigoroso stoner rock por bandera que, con fuertes influencias post-punk, articulan un sonido que se sitúa tanto en posiciones más próximas a la rabia punk como de ciertos dejes de rock psicodélico que sorprenden por su reducción milimétrica: no han mutilado el estilo, sino que simplifican la complejidad del género hasta algo digerible por un público moderno desacostumbrado. El salto entre sus arrebatos rabiosos y sus momentos de épica contenida en implosiones regulares resulta sorprendente por aquello que ya hemos nombrado, su regularidad. Sin respeto alguno por las convenciones musicales, su logro es asumirlas en un todo fluctuante donde lo único que respira es su estilo.

Acercarse con prejuicios de qué hacen o qué pueden hacer a un grupo como Bo Ningen sólo puede acabar en el fracaso, ya que han edificado su propio estilo desde las ruinas de los géneros ya nacidos muertos. Su triunfo es erigir un primer disco no ya potente, sino completamente devastador: cualquier intento de recurrir a lugares comunes, de hacer referencias a dos o tres grupos canónicos y dar por cerrada la crítica acaba, por necesidad, en un absoluto fracaso para el vago crítico que pretenda resolver su análisis con plantilla. Su técnica impecable, que pueden llegar a recordar a una versión domesticada de Boris en canciones como Yuruyakana Ao, hacen que cuando se pretenda solventar la papeleta hablando de «su agradable estética pop» haya que admitir que esconden detrás algo mucho más profundo, mejor deconstruido, que la mera capacidad de hacer tonadas placenteras. Tienen espíritu, trascienden los lugares comunes: hacen arte.

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