Slowdive – Souvlaki (1993)

por Álvaro Mortem

Slowdive - Souvlaki (1993)Es fácil recordar a los paradigmas de ciertos movimientos, porque tienden a crear una tendencia mítica a través de la cual eclipsan a aquello que difiere de su propio estilo. Si hablamos de shoegaze parece inevitable nombrar a My Bloody Valentine, incluso a pesar de que tengan la carrera más irregular, y no por necesidad más significativa, dentro del género; lo de mirarse los pies y hacer murallas de sonido no es fruto exclusivo del Loveless, ni tampoco se agota en él: donde los de Dublín pararon después de un disco soberbio, muchos otros continuaron haciendo avanzar el género más allá de lo que ellos después jamás hayan podido asimilar.

Aunque Slowdive se dieron a conocer con Just for a Day al tiempo que aparecía como un huracán el considerado cenit de su género, aún tardarían dos años en lograr un estilo personal que trascendiera los primeros torpes pasos de una música todavía en desarrollo. No debería extrañarnos entonces que Souvlaki, como canto de cisne, no suponga tanto un punto final como la demostración de que My Bloody Valentine no concluyeron nada; su estilo más pop, sin dejarse arrastrar hasta el punto de convenir dream pop, hace de su shoegaze algo más límpido y melancólico de lo que podía esperarse. Aquí no brilla la fuerza y la distorsión, sino la luminosidad y la metódica construcción de brumas de ruido blanco. Brumas, que no muros, porque nunca acaba en un golpetazo sonoro tanto como en un arropar con el ruido: construyen su composición a través de una lógica romántica, basada en la belleza del contraste y los versos perdidos en el huracán, en vez de en la fuerza bruta aplicada a la técnica como sentimiento.

Lo agradable de hablar de Slowdive es lo agradable que es escucharlos. No tienen espíritu guerrero, no agotan todas sus posibilidades en el combate, porque donde otros miraban a sus pies por no querer confrontar las miradas ajenas, ellos lo hacen para poder sumergirse en su mundo interior; Souvlaki es una tímida invitación a compartir sus sentimientos y recuerdos, neblinosos y hermosos, que no dejan espacio para la contundencia exigidas como, supuesta, base del género. Hacen un shoegaze tranquilo, una furia armónica, un ruido tímido. Siguiendo esa lógica, del mismo modo que en sus compañeros irlandeses la premisa debe ser desentrañar ese muro, aquí es dejarse perder en sus ambientes construidos de retazos: escuchar a Slowdive es escucharlos varias veces seguidas, permitir que nos envuelvan, hacer que la habitación donde nos encontremos se transforme a su paso en un marasmo de sentimientos. Es otro juego, más sutil, pero no por ello menos efectivo: se trata de aceptar que, con las mismas reglas, no todos jugamos al mismo juego.

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