Mission of Burma – Signals, Calls, and Marches (1981)

por Álvaro Mortem

Mission of Burma - Signals, Calls, and Marches (1981)Solamente el necio confunde valor con precio, relevancia con popularidad. A pesar de que algunos grupos han insistido en permanecer a la sombra de la historia al menos lo suficiente para ser recordados sólo en zambullidas largas, no quedándose en los cuatro nombres periféricos, eso no hace de menos su importancia; hay grupos que nos ignorados de forma sistemática sin los cuales no se concibe la música del presente. Hablar de Fugazi o de Nirvana queda rayano el lugar común, a pesar de que apenas sí se ha hablado nunca de sus influencias y gestos comunes: aúnan valor y precio en una tradición donde el valor siempre ha ido en alza, pero el precio ha tendido a desaparecer con el interés de las personas de a pie.

Si existe algo peculiar en Signals, Calls, and Marches es que parten de un sonido específico para llegar hasta algo nuevo, algo repetido hasta la náusea, que en su época no era más que su estilo personal; el sonido de Mission of Burma es primitivo, salvaje y desviado —con respecto de la norma del post-punk, en el ’81 ya normalizado en lo gótico o en la new wave—, pero por ello capaz de fugarse en tantas imposturas diferentes que resulta imposible capitular en una postura común según su presunción: son siempre violentos, con un protagonismo indiscutible del bajo, haciendo suyo un cierto savoir faire basado en la política como acto estético que después abrazarían los nombrados, además de otros grupos como Sonic Youth. No es tanto que se salgan del post-punk como que lo retuercen, le dan forma, buscan sus límites a partir de los cuales es posible jugar algo más personal, más puro.

Cualquier escucha, por superficial que sea, puede darnos la razón de su escasa popularidad entre el público en comparación con otros grupos de su generación, más populares e infinitamente menos relevantes, o sus hijos, quizás más próximos a su tiempo: son adustos, diferentes, raros. Cuando parece que se ha dominado el tono del grupo, o en particular de alguna canción, saltan enseguida con un giro que cambia la dirección apuntada hasta el momento. No les interesa ser cómodos, no quieren sonar familiar. Es cierto que la factura que deben pagar por ello es un estilo, como ya hemos dicho, primitivo; suenan proto-90’s, como si contuvieran dentro todo por lo que después otros serían populares y, por ello, maldiciéndose a no serlo ellos. También, por eso, producen fascinación. Comprobar sus límites, sus fugas, sus fallos o los nuestros —¿hasta qué punto hay malas elecciones estéticas en un disco que sigue conteniendo el germen del sonido de grupos, considerados todavía, de vanguardia?—, para sumergirnos en una prueba donde el objeto experimental somos nosotros.

Escuchar el pasado para vislumbrar el futuro, ignorar el precio para abrazar el valor puro del cual emana toda posibilidad de precio.

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