The Damned – Machine Gun Etiquette (1979)

por Álvaro Mortem

The Damned - Machine Gun Etiquette (1979)Al punk se la ha definido de muy variadas formas, pero nunca se le ha catalogado con el adjetivo con el cual encajarían mejor algunos de sus grupos fundacionales: «dulce». La dulzura no tan pegajosa como agria, no agridulce sino con cierta felicidad chiclosa que se aplasta en el corazón. Con eso demuestran cierta bella animosidad, un instituto de felicidad subyugado por algún otro, que sin embargo aún queda patente a través de su deseo; su música es rápida, violenta y más rock que el rock mismo, pero a pesar de su violencia y actitud, en el fondo, son chicos dulces que sólo quieren ser amados. Sin ironía posible aquí. El punk es la (pen)última música romántica —ya que la última sería, como ya sabemos, el black metal—, porque recupera los grandes sentimientos como único motor legítimo de la vida, incluso cuando resulten dolorosos: amar o matar, horadar o reventar, odiar o derribar.

Hablar de The Damned como románticos tiene una lógica aplastante —la obsesión de Dave Vanian con la imaginería gótica, de orden romántico franco-anglosajón en último término, es por todos conocida— si trascendemos la idea del romanticismo como algo pegajoso y extremo para verlo en sus causas últimas, la exaltación sin límites del sentimiento humano. Desde la primera canción que se nos presenta en Machine Gun Etiquette, la idiosincrásica The Love Song, hasta la versión de Looking At You de MC5, todo lo que encontramos desarrollado en el disco son las inquietudes sentimentales de un grupo de jóvenes cuya vida les supera. Aman por encima de sus posibilidades, aun sin ser correspondidos. Toda su rabia se define a través de la música, que resulta contundente y con un exceso de bajos que remite de forma constante hacia un post-punk aún en desarrollo, para expresas en sus letras su necesidad en el amor, incluso cuando se les es arrebatado. El mundo, las otras personas incluso, no sabe lo que quiere, a diferencia de ellos. Sus cantos son por mujeres que las ignoran o por las cuales harían cualquier cosa o, en el peor de los casos, de figuras de autoridad que destruyen todo en cuanto depositan su pasión: la oposición aquí no se da a través del anarquismo ciego, destrucción pura, mas al contrario es una disposición dulcificada, y por ello más efectiva, del mismo: violentos y alocados, pero maduros y románticos. Aquel que te ama dándotelo todo, sin pedirte que correspondas en la misma medida a cambio.

Su secreto es que no hay secretos ni reglas. The Damned juegan con todo lo que tienen a la mano, sus sentimientos y un estilo musical de bases mínimas que les permite construirlo hacia cualquier parte, como campo de juego del mañana; la violencia no nace entonces de la rabia en sí, sino de un instinto de autodestrucción propio del romanticismo que se plasma a la perfección en sus canciones: la melodía sencilla, alegre, de Melody Lee; contrasta de forma brutal con su contenido, la historia de un hombre que ha sido completamente destruido por lo que se intuye una ruptura, amorosa o política, de la cual no se le permite asimilarla de forma adecuada. Necesita un enemigo, necesita odiar, pero no le es permitido. Ahí está el maravilloso nivel de abstracción logrado por el grupo. No juegan sólo con el significado a través de lo que dicen (las letras), sino también a través de lo que hacen (la música), formando un todo perfecto y coherente.

Por eso es tan triste, tan seco y tan divertido para salir a la pista de baile un disco que es sinónimo de punk, de exceso, de romanticismo, como es Machine Gun Etiquette. Es un canto de amor a la vida, a la verdad, al mundo. Es el destello de mil soles concentrados en un acto de locura y amor, de abrazar el enamoramiento y la vida como si fuera lo único importante y sin tener en cuenta si es correspondido o estamos dando tanto como él nos da: el amor no es más que, cuando se sintetiza, el sentimiento puro de dar sin necesidad de recibir nada a cambio y de recibir sin dar nada a cambio al tiempo. Algo que The Damned debían conocer demasiado bien.

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