30 Seconds to Mars – A Beautiful Lie (2005)

por Álvaro Mortem

30 Seconds to Mars - A Beautiful Lie (2005)Los prejuicios nos pesan más de lo que deberían. Aunque es algo que negamos de forma taxativa, que los prejuicios siempre los tienen otros y nosotros sólo ideas fundadas de por qué algo no es merecedor de atención o respeto, el prejuicio es un modo primario del pensamiento común a todas las personas; el único modo de no caer en el prejuicio es la reflexión constante, porque todo juicio emitido en el pasado se acaba por convertir, necesariamente, en prejuicio. Si todo fluye, entonces resulta poco natural asumir ningún juicio a priori como absoluto. Debemos actualizar nuestro juicio de forma permanente, o vivir de forma permanente en una nostalgia que pecará siempre de reaccionara por ser, en última instancia, nada más que prejuicio.

Criticar a 30 Seconds to Mars por sus fans, que parecen serlo más de Jared Leto como persona que como músico, nos puede llevar hacia un prejuicio común en el ámbito cultural: si los fans de algo son idiotas es porque ese algo no vale la pena. Nada más lejos de la realidad. Si nos adentramos en la segunda referencia del grupo nos encontraremos un rock bastante bien medido, con evidentes y atractivas influencias pop —sus estribillos, eternos y con muchas repeticiones, son una esplendorosa marca de la casa— además de evidentes matices hardcore en melodías y gritos, sin por ello desmerecer cierta tendencia hacia el popurrí; lo mismo es posible encontrar sintetizadores que violines, predominancias de guitarras o bajos, pero nunca se sale de sus lineas generales. No existen disonancias, su coherencia interna es absoluta. Aunque si bien es cierto que tiene fuertes altibajos y su tendencia natural pasa hacia hacer de todas sus canciones baladas, incluso de aquellas que podrían considerarse más violentas, todo ello sólo puede achacarse a un refinado sentido de lo comercial: es música popular, sin connotación despectiva alguna en el término. 30 Seconds to Mars es el grupo de rock que puede gustarle a quien no le guste el rock.

La base de todo lo que hacen es un rock alternativo —léase aquí por tal algo concreto, como por ejemplo Muse— refinado hasta el punto de hacerlo emocional sin perder un sólo ápice de radicalidad. Es digerible, pero no por ello está carente de personalidad o hacen de menos a la técnica. A todo ello ayuda que las letras del disco traten sobre un concepto del (des)amor que podría tildarse de adolescente, salvo porque se establecen con una ambigüedad suficiente como para poder darle un sentido más poético, más profundo, si así se nos antoja; el problema de ello resulta evidente: es fácil criticar su ambigüedad por ser, en realidad, pura impostura emocional. Ni siquiera debería considerarse eso como una crítica. Su radical emocionalidad, que apela a los sentimientos de una forma bastante agresiva y evidente —lo cual les emparentaría, manteniendo las distancias, con los primeros My Chemical Romance—, es lo que los hace atractivos: son canciones fuertes, que parecen hablarnos a nosotros en particular, desde un tono épico y grandilocuente. Su clave es haber entendido el pop mejor que cualquier grupo de pop actual y, además, escribir unas canciones potentes partiendo de esa base. Si eso no es suficiente para quitarse el sombrero, volvamos a echar un vistazo al panorama musical de los 00’s.

¿Ya? Perfecto. Entonces nos quitamos el sombrero ante usted, Mr. Leto.

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