Marilyn Manson – Mechanical Animals (1998)

por Álvaro Mortem

Marilyn Manson - Mechanical Animals (1998)Existen trabajos, por definición, inabarcables en sí mismos. Cualquier intento de partir de un hilo para llegar hasta un punto específico nos hace saltar entre decenas de hilos, puntadas y retales que nos conducen hacia una totalidad mucho más compleja, rica y profunda de lo que jamás pudimos haber soñado; existen obras que, partiendo de los límites de un concepto, consiguen configurar su propio horizonte de acontecimientos. De esas obras es de las que debemos hablar, porque son las obras que trascienden su propia limitación temporal. Toda obra de arte real es aquella que habla a la comunidad del futuro no porque no dialogue con el presente, sino porque siempre quedan nuevos ecos por descifrar en ella.

Un andrógino alienígena nos mira desde un fondo pálido con expresión abotargada por las drogas. Después de tantos años no resulta difícil saber que es Marilyn Manson, como tampoco resulta difícil imaginar el impacto que supuse en la época: desnudo, ausente de genitales y sólo vagamente humano, asumiendo una estética que podríamos definir en algún punto perdido entre el cyberpunk y la nueva carne —o el biopunk, si aceptamos cetáceo psíquico como animal de compañía—, desde la portada prometía algo más profundo de lo que el mainstream podía asimilar. No proponía indefinición sexual, sino una ruptura completa con el binarismo de género. En lo musical podríamos afirmar que Mechanical Animals parte de esa idea, la ruptura de la norma, para llegar hasta un nuevo terreno que los grupos próximos al industrial rara vez habían conseguido transitar: moverse desde un estilo sucio y oscuro, underground por definición, hasta un campo más luminoso y no menos subversivo, mainstream por accidente. Si es que por accidente podemos entender un perfecto sentido del marketing.

Siendo su primer disco sin Trent Reznor como productor, aunque ya famosos por sus escandalosos espectáculos, lo primero que llama la atención es el tono más blando que asume el trabajo desde un primer momento. Aunque el paso de Reznor a Twiggy Ramirez se nota en aspectos particulares de la composición —la predominancia de bajos en contraposición con su papel menor en anteriores trabajos y cierta tendencia hacia posturas más próximas al metal—, se hace evidente en su capacidad para aligerar la carga más oscura de las composiciones. No queda sitio aquí para la densidad industrial. Eso no significa que esté exento de toda densidad ni en forma, como demuestran sus evidentes rasgos experimentales, ni en fondo, a través de unas letras de fantásticas con diferentes posibles niveles de lectura. Siendo un disco conceptual sobre lo que supone ser una estrella del rock, su contenido sorprende: se sabe por encima del común de los mortales, pero sabe que no existe distancia real entre su drogadicción y el cristianismo o la adicción a la televisión de los demás.

En lo temático es imposible reducir Mechanical Animals a un conjunto de motivos, ni siquiera al conceptual que los rige, porque trasciende la posibilidad del acontecimiento mismo. Desde odas cyberpunk hasta una linea común sobre las drogas y la obsesión, tampoco debería sorprendernos encontrar un discurso amoroso coherente —aunque violento, ya que si bien defiende la necesidad del amor romántico lo plantea en términos exaltados— o reflexiones políticas de cierto calado. Oculta todo ello a través de una narrativa ambigua, protagonizada por la estrella del rock del espacio exterior Omēga, que sin embargo funciona a la perfección por su gran calado metafórico.

«Estrella del rock del espacio exterior» suena a Ziggy Stardust, y si bien hay influencia de David Bowie en el disco viene de otro lado bien distinto: Diamond Dogs. Bebiendo del mismo, en algunos casos hasta inspirarse quizás en exceso para algunas de sus canciones, abraza el glam rock llevándolo hasta donde debería estar en los albores del siglo XXI: al lado de adoradores de cultos oscuros, de alienígenas, de desviados. Suyo es el mundo aquí prometido. Si bien prescinde de cierta dosis de oscuridad, deviniendo cirquense en el proceso —no por nada Freaks parece ser influencia de uno de sus videoclips, Coma White—, no por ello deja de ser Manson en grado alguno; su profundidad icónica crece al no quedarse en la explotación de la estética satánica de los 70’s, ya entonces agotada como medio de provocación, para abrazar una coherencia cyberpunk que nadie hasta el momento había sabido aprovechar de forma dura en el mercado de masas. Salvo David Bowie un año antes con Earthling.

El mérito de Mechanical Animals fue ser capaz de reinventar el mito de Marilyn Manson, descubrir los flujos secretos entre los asesinos satánicos de la segunda mitad del siglo XX y el cyberpunk en plena efervescencia. Descubrir como expandir la mitología interna del propio grupo. Sólo por eso ya sería un disco soberbio, pero, además, musicalmente es para quitarse el sombrero.

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