Monokrom – Tales Of Rabbits And Hares (2005)

por Álvaro Mortem

Monokrom - Tales Of Rabbits And Hares (2005)Entender el noise pasa por aceptar su origen como hijo de la era postindustrial. Nacido de las entrañas del ruido que ha ido reclamando el mundo como suyo, la música ha ido abrazando cada vez con mayor singularidad el sonido puro, sin refinar, el ruido, como material de trabajo para caracterizar nuestro presente; viviendo en un mundo cargado de sonidos, no aprovecharlos para darles forma carece de sentido. O eso parecen pensar los músicos de noise. Siendo que el silencio es imposible, que el ruido lejos de distraernos nos acerca a la realidad —digo, mientras escribo lineas, escuchando el ruido del teclado—, vislumbrar el mundo a través de aquello que desechamos como superfluo es como querer conocer a una persona por su basura: habla más de nosotros lo que elegimos que lo que decimos.

En el caso particular de Monoskop nos encontramos con un noise refinado, progresiones continuadas de capas superpuestas de ruido blanco y rosa hasta el desarrollo de algo que, en último término, podríamos denominar como canciones. Pueden crear sus particulares escalas de sonido, como en The Carrot Sweep, o aliarse con un ritmo bien marcado próximo al speedcore, como en Life In A Hole, pero jamás descontextualizan al ruido de su propia condición de materia propia, de forma pura que utilizar como tal. No es música, es algo más. Su sonido es oscuro, machacante, doloroso, incluso industrial en su sonido más literal posible: es la banda sonora de una fábrica clandestina de productos clandestinos en China o India, la sangre fluyendo por los altavoces con los cuales los escuchamos. Eso les deja poco margen para dejarse llevar por la contemplación, o el lirismo incluso, y a única vez que lo hacen, con Rabbit On A Meadow, no se eximen de componer la canción más brutal y dolorosa del disco. Aunque ello incluya llegar hasta el más estricto dolor físico.

Escuchar Tales Of Rabbits And Hares implica un esfuerzo consciente, un gusto adquirido, por lo poco amable de su propuesta. En tanto rythmic noise con un claro exceso industrial —aquí, sí, en sentido musical— y sus oscuras insinuaciones, bordeando la misantropía, su posible público más allá de la curiosidad o el interés musicológico parece bastante limitado. Salvo porque va más allá. Detrás de toda su oscuridad, rabia y dolor se esconde un mensaje antisistema, quizás antitodo, que intenta hacerse comprender a través del ruido: ese dolor es la esencia humana, lo que hacemos a diario a los otros tratándolos como conejos de prueba. Como un ataque de puro terrorismo sonoro calculado al milímetro, sin dejar nada al azar, alcanzan el punto exacto que buscaban sin temer dejar por el camino a la mayoría de quienes podrían haber simpatizado por la causa; nadie consigue un auténtico acto de terror, de consciencia en los otros, sin cerrar más fuerte los ojos a algunos.

Su repetición martilleante se torna repugnante y algo en nuestro cerebro nos pide que paremos ya con semejante tortura; pero, a la vez, algo de nosotros nos pide más de este secreto sonido del mundo que, por primera vez, nos hace escuchar más con el cuerpo que con los oídos. Ahí estaba su secreto: el placer de su escucha nacía de la aceptación necesaria del dolor, de que no hay idea sin víctimas ni vida sin desechos.

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