Digitalism – I Love You, Dude (2011)

por Álvaro Mortem

Digitalism - I Love You, Dude (2011)

La forma más sencilla de conseguir un triunfo inmediato en el arte es arrogarse a la mímesis. Aunque sencillo, es un camino lleno de peligros que no asegura ni el triunfo ni la sencillez del trayecto: saber qué se puede imitar, cómo y bajo que condiciones es un trabajo por sí mismo. Si los artistas de la antigüedad partían de la mímesis de la naturaleza para sus obras, no tardarían tampoco en adoptar la presunción mimética también al trabajo de sus compañeros; es común ver que el grueso de las obras de algunos artistas haya sido edificado a través de copiar y mejorar los proyectos de otros. El problema es que, cuando no se mejora de forma sustancial el original, cuando no se aporta una significativa visión propia, el resultado no pasa de ser una mera desvirtuación de los referentes en el mejor de los casos. En el peor, plagio.

Alejándose del rock para acercar su agradable electropop hasta campos más puramente electrónicos, Digitalism hilvanan en I Love You, Dude diez canciones con poca o ninguna conexión entre sí en un fútil ejercicio de mímesis; la mirada personal que pudieron haber desarrollado en Idealism aquí está ausente en favor de la copia descarada, el subirse al carro de la popularidad inmediata. La única concesión hacia la originalidad, por no decir hacia sí mismos, la encontraríamos en 2 Hearts, donde los alemanes llevarían hasta su terreno un tema que no termina de escapar de su propia incapacidad de romper con sus referentes: aun cuando la canción parece un descarte de Empire of the Sun son capaces de conferir el suficiente carácter como para sentirla, al menos en parte, como propia. El resto de canciones siquiera consiguen llegar hasta ese mínimo nivel de autoconsciencia necesario para dotar de sentido a su existencia. A través de loops constantes y copiando cualquier moda que pudiera estar en boga en la electrónica de hace unos años, nos conceden un rosario de bostezos emitidos desde lo más profundo de nuestros diafragmas.

No exageramos al afirmar lo anterior. Desde Blitz, su carente de todo encanto y pundonor primer single, hasta Miami Showdown, un fracasado intento de imitar el estilo 80’s que tan bien ha cultivado Zombi, el problema detrás de su segundo trabajo nos abofetea en la cara de forma constante como si fuera un apestoso salmón dejado al sol durante dos semanas: sólo saben practicar una mímesis pueril, carente de toda significación ulterior, porque no tienen nada que decir. Carecen de cualquier mínima actitud discursiva o estilística propia. No es de extrañar que Jens Moelle, una de las partes implicadas en el grupo, afirmara que «las canciones de Digitalism como simples capítulos de una compleja novela sobre la interacción social y la atracción»: no es de extrañar porque, además de sentirse como falso, nos enseña algo sobre «la interacción social y la atracción»; para edificar un acto discursivo personal antes se debe encontrar una voz propia, no sólo hablar a través de voces prestadas. Nos enseña algo sobre «la interacción social y la atracción», en particular, cómo no abordarla.

Si algo podemos disculpar es la ausencia de originalidad, pero jamás la ausencia de voz discursiva.

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