Caïna – Temporary Antennae (2008)

por Álvaro Mortem

Caïna - Temporary Antennae (2008)

Nada permanece sin evolucionar. Si se desea trascender el estancamiento que produce el tiempo es necesario abrazar la posibilidad de abrazar, o desarrollar, algunos de los elementos de nuestra existencia; como en la naturaleza, la supervivencia sólo está a la mano de aquellos capaces de adaptarse. A nadie debería extrañar que el black metal abrace nuevos sonidos, que explote nuevos límites, y no se quede repitiendo fórmulas caducas de forma constante para honor, y horror, de algunos puristas que consideran su bandera como un lugar sagrado que no puede ser mancillado con la presencia de ser humano alguno. A pesar de que ellos ya nacieron muertos, niños muertos en su propio vómito de odio infantil. Nada permanece sin cambio, sin descubrir nuevas formas de abordar aquello que una vez funcionó a la perfección.

Aunque a nadie sorprende ya la fusión de shoegaze con black metal, en el caso de Caïna resulta refrescante por su particular singularidad: no buscan dotar al conjunto de la fragilidad o etereidad propia de otros proyectos afines, sino de dar cierta cantidad de fuerza concentrada a través del uso de muros de ruido y drones perfectamente ejecutados. Su sonido es trascendental, brutal incluso, siempre con un fuerte componente de experimentalidad. Desde un black metal descarnado, la mayor parte del tiempo reducido hasta la condición de ruido, se zambulle sin bombona ni intención de volver en todo género que es capaz de arramplar. Todo vale para alcanzar la oscuridad más profunda. Incluso cuando, como en el caso de Tobaco Beetle, la canción acabe con ciertos dejes techno entre las agonizantes voces que nos habían acompañado hasta el momento en un tour de force de absoluta oscuridad metálica. Nada les pesa, nada les resulta ajeno, porque si quieren hacer una canción post-punk, Larval Door, que siga sonando como la quintaesencia del género, lo hacen y punto.

Su experimentación también puede vislumbrarse en su malsana obsesión desarrollada en las letras, todas girando entorno al mundo de la naturaleza, causando que el sentimiento de extrañeza llegue más allá de lo que, en primera instancia, podríamos considerar propio en el género. Prescinden de Satán, el caos y la maldad en favor de una realidad menos abstracta, menos naïf; aquí nos encontramos a la naturaleza desnuda, el lugar donde anida toda posibilidad de terror y desconcierto. No se alejan ni un ápice de los dogmas básicos del black metal, su fuerte componente de enajenada oscuridad, sino que asumen un tropo mejor a través del cual articular toda esa lógica tenebrosa que anida en su interior; Satán ya no intimida a nadie, pero siempre habrá gente gritando por encontrarse ante un escarabajo del tabaco o inquietándose por oír —que, ahí está la cosa, casi nunca ver— a un chotacabras.

Siempre resulta agradable presenciar los convulsos orgasmos de un género que se estaba anquilosando por segundos, descubrir que aún existen ideas transgresoras en forma y fondo capaz de revitalizar lo que parecía una espeluznante necrosis en algunos de sus órganos. Incluso cuando es sólo una excepción. Porque el reino del caos vendrá de la mano de una naturaleza siempre indomable, siempre salvaje.

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