Imperial State Electric – Reptile Brain Music (2013)

por Xabier Cortés

Imperial State ElectricEl contexto ha muerto. El contexto geográfico para más señas. Por ejemplo, no es extraño encontrar black metal de indiscutible raigambre  escandinava en latitudes ajenas no sólo a la música sino también a la cultura que la vio crecer. En una sociedad globalizada en la que las distancias se miden en los portes pagados de megacorporaciones de transporte internacional no debería resultar extraño que un grupo de las profundidades sureñas de Estados Unidos sea capaz de captar la magia e idiosincrasia del metal extremo europeo de los años noventa para convertirlo en algo propio. Tampoco debemos echarnos las manos a la cabeza cuando proyectos norteamericanos manifiestan su absoluta devoción a los preceptos únicos del folk apocalíptico europeo y sean capaces de asimilar como propias las particularidades de la tradición europea, como tampoco nos resultará ajeno encontrar bandas centroeuropeas desarrollando sonidos de una de las orillas del Mississippi o de la zona más árida del desierto de Arizona. Siguiendo con esta línea de pensamiento y conociendo las particularidades de la sociedad escandinava —entre ellas su sensibilidad para la cuestión cultural y, sobre todo, musical— no resulta extraño encontrarse con un buen número de proyectos de puro rock and roll clásico entre los que destaca Imperial State Electric con su última referencia hasta la fecha: Reptile Brain Music.

Al frente de este grupo sueco se encuentra Nicke Andersson (Entombed, The Hellacopters y una infinita lista de proyectos más) que ya nos prepara para lo que nos vamos a encontrar en este álbum: rock and roll con ese genuino toque punk tan en boga en la escena escandinava. Desde luego que la sombra de The Hellacopters es alargada pero en Imperial State Electric se ha relajado el frenesí hard rock que caracterizaba a su banda madre para transportarse a los años setenta y dejarse llevar por los sonidos de Alice Cooper, Kiss y compañía con el boggie que abre el disco, Emptiness Into The Void, y que sirve de perfecta puerta de entrada a este álbum. También se permite la licencia de elaborar unas melodías juguetonas —como sucede en Born Again—que evocan directamente a una carrera ilegal con eternos Cadillacs atravesando las carreteras a la velocidad del diablo mientras un cigarrillo hace verdaderos milagros por mantener el perfecto equilibrio entre la ceniza y los labios mientras el sonido rockabilly nos invita a pisar con más fuerza el acelerador. En Reptile Brain Music se consigue un equilibrio notable entre las composiciones más frenéticas —repito, sin llegar a la virulencia macarra de The Hellacopters— hasta las baladas y medios tiempos más sosegados pero igual de intensos y de potentes que sus hermanos mayores siempre con un punto de rebeldía antisistema en sus letras.

Reptile Brain Music está hecho para que metas el paquete de tabaco en la manga de tu camiseta blanca, le des dos vueltas al bajo del pantalón vaquero, le saques brillo a tus botas y guardes un hueco en tus bolsillos para el peine que adecentará tu pelo tras enfrascarte en una pelea de bar con una banda rival por alguna razón de peso como una mirada mal planteada o un toque en el brazo mal interpretado.

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