Anamanaguchi – Endless Fantasy (2013)

por Álvaro Mortem

Anamanaguchi - Endless Fantasy (2013)El mejor modo para lograr una idea original es coger dos ideas conocidas, que estén lo suficientemente alejadas entre sí, y buscar el modo de unirlas. Aunque pueda parecer algo sencillo, cuando no una estupidez de grado mayor, su efectividad debería estar fuera de toda duda; la mayor parte de novedades musicales nacen de la fusión de dos géneros hasta entonces considerados incompatibles, o la introducción de un elemento exógeno dentro de un estilo cualquiera. La novedad absoluta, nacida de la nada, nunca ha existido. Toda búsqueda debe partir desde lo conocido, tomar como punto de partida aquel lugar que llamamos hogar por ser el único que conocemos con profundidad, para así poder colonizar nuevos territorios todavía por descubrir. O cuando nada queda por descubrir, al menos emprender un viaje en direcciones que nunca nadie haya probado.

A diferencia del artista medio, Anamanaguchi pueden vanagloriarse de haber ido mejorando con el tiempo: donde Dawn Metropolis era un disco de chiptune irregular, demasiado embebido de su propia singularidad gamer, y Scott Pilgrim vs. the World: The Game – Original Videogame Soundtrack dispara con precisión al beber de otras fuentes musicales, aunque carente de auténtica cohesión, Endless Fantasy se nos presenta como la consecución lógica de su trabajo. Renunciando al chiptune como base regidora de toda posibilidad musical, abrazando las bases electrónicas, especialmente del house francés de los 00’s —aunque, en última instancia, su mayor referencia podría ser Shinichi Osawa—, para reinterpretarlas usando el chiptune como medio conductor, no como fin en sí mismo. Eso no les impide delirar de forma asombrosa con temas que podrían considerarse rayano el trance, como es el caso de Japan Air, o abrazar directamente un sonido heredado de artistas anteriores, como ocurre en el sospechoso parecido entre el chorus de Pastel Flags y el de Dilemma de Nelly, sin abandonar en ningún momento un sonido tan personal como inimitable.

Con todo, no son Daft Punk (ni lo pretenden). Aunque los paralelismos con Random Access Memories resultan evidentes, el ejercicio de Anamanaguchi tiene mucho menos de nostálgico y mucho más de populista; en ambos casos, los adjetivos no tienen ninguna intención peyorativa. No abrazan la electrónica con la intención de rescatar una tradición en vía muerta, pues está lejos de situarse en tal posición las escenas de las que beben, sino todo lo contrario: se suman al prolífico carro de la new wave añadiéndole un extra de chiptune. Pero lo hacen con estilo. Donde la mayoría de próceres de la escena se conforman con empacar música de mierda, mal programada y peor ejecutada, Anamanaguchi reinventan el sonido en auge en el presente para evitar hacer lo que hacen todos los demás, hacer más de lo mismo. Ahí radica su diferencia con Daft Punk: no tienen su ambición, pero no por ello firman un disco menor, ya que consiguen algo igualmente loable: presentarnos algo contemporáneo, propio de nuestro tiempo, desde una perspectiva nueva. Y lo hacen tan bien que no podemos sino aplaudir.

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