Amon Amarth – Fate Of Norns (2004)

por Xabier Cortés

Fate of Norns - Amon AmarthEl mayor error que puede cometer un músico adscrito a una corriente musical concreta, es convertirse en una máquina que se limita a imitar los clichés más aburridos del género y repetirlos hasta el tedio a razón de disco cada dieciocho meses con los inevitables discos en directo tras la pertinente gira mundial y aparición en los grandes festivales de verano amén de protagonizar portadas en los medios que orbitan alrededor de ellos como simples cortesanos dispuestos a sacrificar su credibilidad por vaya-usted-a-saber-qué maniobras comerciales. La escena metálica no se escapa de esta lacra, por mucho que se empeñe en argumentar lo contrario el siempre irredento e insoportable fundamentalista metalero de turno enarbolando, como no, la bandera del inconformismo y demás balas ya utilizadas e ineficaces. Tenemos en los suecos Amon Amarth uno de los (miles de) ejemplos cristalinos y cegadores de estas prácticas deshonestas convirtiendo su Fate Of Norns en un insulso y vacío desfile de tópicos metaleros aderezados con un tufillo vikingo de lo mas advenedizo e inadmisible para una banda escandinava.

El caso de Amon Amarth es uno más de esos en los que se les coloca la etiqueta del metal extremo a la ligera, escudándose en el uso de voces no limpias —tacharlas de guturales sería un insulto hacia gente como Alan Averill, por ejemplo—   sin ni siquiera pararse a diseccionar sus composiciones. Lejos de adoptar las formas propias del metal extremo y llevar las composiciones al límite del universo conocido en cuanto a violencia, velocidad y voracidad —que es, en esencia, la definición de lo extremo: coger elementos comunes a un género para exprimirlos y retorcerlos con el firme objetivo de alcanzar un sonido nuevo y diferente— Amon Amarth se nos presenta con una colección de canciones simplonas con una evidente base power metal, un sonido repleto de riffs impostando épica ayudados por la típica base rítmica compuesta por una batería con el botón del doble bombo atascado y un bajo que se limita a acompañar al resto olvidando su labor de contención y construcción del sonido de una banda. Sería irresponsable obviar el contenido lírico del álbum pues hete aquí en donde nos damos de bruces con una sucesión de tópicos e historias sobre vikingos ya contadas que nos obligarán a levantarnos en armas al ritmo de Windir para ajusticiar semejante insulto a la causa vikinga. Supuestas odas a la épica de las batallas, a la incomprensión del modo de vida vikingo —un paralelismo de tómbola para congraciarse con aquellos adolescentes (y no tan adolescentes, me temo) que a la mínima sacan la carta de la inadaptación para justificar su actos pueriles— y al héroe que quedan descafeinadas por el uso y abuso de todos los clichés alrededor de los vikingos que un chaval es capaz de recitar de memoria tras haber visto un par de documentales en youtube.

Amon Amarth representa todo aquello que chirría en el mundo del metal: grupos con una discografía plana que se limitan a repetir ad infinitum estructuras caducas y clichés vergonzosos con el único objetivo de epatar con una parte del público dispuesta a asimilar cualquier sonido que crea adscrito a las corrientes más extremas de la música pero que se limitan a caer en la trampa de discográficas y grupos sin escrúpulos que venden productos con gran despliegue de fuegos artificiales pero de nulo poso.

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