Cacophony – Speed Metal Symphony (1987)

por Xabier Cortés

CACOPHONYExigimos atemporalidad a una obra artística como quien pide de forma obsesiva la ejecución del esclavo a manos del gladiador dejándose llevar por el frenesí descontrolado que reina en el Circo Romano. Exigimos que cualquier pieza musical se convierta de forma automática en eternidad, desposeyéndola así de una de sus grandes virtudes: ser capaz de capturar un instante, un momento particular de la historia y hacérnoslo llegar para situarnos en mitad de ese periodo, ser capaces de comprender sus virtudes y analizar su errores. La década de los ochenta fue en el heavy metal un periodo de exceso; fue la época de los grandes conciertos, de los festivales míticos y la década que vio nacer discos, movimientos y personajes que marcarían el devenir de la corriente metálica en los años venideros: bases rítmicas contundentes y veloces, vestuario extremo y excesivo, buscando siempre el más rápido, el mejor y el más técnico a la hora de ejecutar los sonidos de guitarra desenfrenados castigados por ese dedos recorriendo el mástil a velocidades sobrehumanas. Marty Friedman y Jason Becker han sido dos de esos personajes que, bajo el moniker de Cacophony, dejaron su impronta marcada a fuego con Speed Metal Symphony.

Lejos de lo que pudiera parecer en un rápido primer vistazo, Speed Metal Symphony no es sólo un excelente compendio de complejas composiciones speed metal; deja entrever guiños al thrash, giros eminentemente clásicos del heavy metal y una poderosísima carga shred en todos y cada uno de los desvaríos virtuosos del dúo de guitarras que capitanea el grupo. El sonido desgastado y la producción añeja no desvirtúa ni afecta al álbum, es más, refuerza su carácter ochentero y ese sonido (casi) sucio que notamos cuando la guitarra de Becker se concentra en sacar todo el provecho a las melodías clásicas á la Stravinski y a los desarrollos barrocos con un gusto hecho a la medida del (muy) repetitivo genio sueco Yngwie Malmsteen se convierte en marca de la casa. Pero no nos dejemos engañar por los fogonazos protagonizados por el talento de las dos guitarras que pilotan este tren excesivo de shred y speed metal, el verdadero encanto de Speed Metal Symphony es haberse convertido en un cuadro perfecto de no sólo una escena concreta, sino de toda una década. Entender Speed Metal Symphony es entender el metal de corte neoclásico de esos excesivos ochenta: ataviarse con unos vaqueros estrechos que amenazan con cortar todo atisbo de sangre en nuestras extremidades inferiores, colocarse esa camiseta con el afilado nombre de uno de esos grandes grupos que coparon los carteles festivaleros metálicos durante diez años, calzarse unas deportivas que no han visto actividad deportiva aunque sí han visto carreras por alcanzar la primera fila en vaya usted-a-saber-qué concierto y dejar al viento una cuidada melena con la que molestar a los sospechosos habituales.

Tomar a día de hoy el camino esta sinfonía de speed metal es abrir una cápsula del tiempo. Encontraremos aquí clichés y excesos además de depurada técnica instrumental y velocidad a raudales. Es posible que hoy lo veamos como algo hortera y caducado pero claro, recordad que en cuanto te metes de lleno en esta obra de Cacophony ya no estás en 2014, has vuelto a los ochenta y ahí el exceso era norma.

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