Dead Can Dance – Anastasis (2012)

por Xabier Cortés

Dead Can Dance Anstasis¿Es posible que un artista llegue a un punto en su carrera en el que su única salida sea abrazar una estrategia de autorreferencia? A priori no parece una actitud propia de un carácter con el afán de siempre buscar sonidos y estructuras nuevas que fortalezcan el concepto mismo que asentara las bases del proyecto, es más, podríamos afirmar incluso que esta autorreferencia no tiene otra lectura más que concretar y anunciar la caducidad de un proyecto, el final de un camino o la desaparición de esa idea que otrora sirviera de soporte para construir alrededor de él todo un complejo entramado de sonidos y textos siempre con el objetivo de La Belleza en el horizonte. Deberemos detenernos en este punto para pensar si esa maldita autosuficiencia no obedece a otros objetivos algo más profundos, ocultos y, sobre todo, coherentes para la causa: ¿por qué no utilizar esa suerte de narcisismo artístico no como una pista de una obra acomodada sino como un forma de indicar el cambio de fase en la trayectoria del grupo o, también, como una forma de aglutinar bajo un mismo álbum toda la esencia y experiencias del pasado para, una vez más, atreverse más adelante a seguir explorando sonidos e influencias diferentes. Algo así se nos invita a pensar que sucede en Anastasis de Dead Can Dance.

No es casualidad que este álbum de Dead Can Dance tome el nombre griego para la resurrección (de Cristo) ya que supone la vuelta de Brendan Perry y Lisa Gerrard tras la disolución (temporal) del proyecto a finales del siglo pasado. Resurrección tras un periodo demasiado largo sin trabajar conjuntamente bajo el parapeto de Dead Can Dance —pero colaborando y editando material incansablemente de forma individual— y que toma los sonidos que convirtieran a Dead Can Dance en uno de los iconos y referentes de las corrientes góticas más potentes del darkwave. A la espiritual voz de Lisa Gerrard se le une la solemnidad de un Brendan Perry inspirado y profundo, todo ello rodeado de una colección (casi) inagotable de recursos sonoros con los que se nos sugerirán imágenes de una luminosidad sobrecogedora y marcado corte exótico así como otras en las que se desprenderá un halo misterioso y oscuro que no acertaremos a adivinar su origen pero cuyas manos notaremos alrededor de nuestro cuello apretando cada vez con mayor intensidad hasta que finalmente nos impida respirar. Ritmos, guiños y destellos de las épocas pasadas de Dead Can Dance nos irán golpeando la memoria a cada paso firme y seguro de este Anastasis pero seremos incapaces de tomarlos como un vago ejercicio de autorreferencia; los sabremos apreciar como una declaración de principios de los que ha sido y es Dead Can Dance pero, sobre todo, nos taladrará la cabeza la idea de una despedida en pos de encontrar nuevos derroteros sonoros en futuros lanzamientos.

Exquisito y con esa solemnidad épica que sólo es capaz de conseguir un número muy reducido de grupos, Anastasis sólo se sabrá completo si ese plan maestro que nos hemos atrevido aquí a desentrañar se cumple al final o no. En caso de que no se cumpla, Anastasis seguirá siendo una excelente muestra de las capacidades musicales de Dead Can Dance pero le faltará ese guiño final que lo convierta en eterno.

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