Placebo – Placebo (1996)

por Álvaro Mortem

Placebo - Placebo (1996)Ningún comienzo es sencillo porque nadie nace aprendido. Buscar una voz propia, una forma personal de comunicar todo aquello que tenemos dentro, sin caer en el personalismo vacío de significación, en la demagogia del «eso quiere oír el público» por bandera, es la ingrata labor de búsqueda a la que se enfrenta todo artista, si es que no todo humano; entrenar la voz, hacerla clara y fuerte, modularla para darle el tono adecuado, es la dificultad intrínseca contenida al intentar encontrar la autenticidad nacida de las entrañas. No hay arte sin introspección, sin arrancarse las tripas. Nadie nace preparado para hablar por sí mismo, incluso cuando la potencia de conseguirlo esté dentro de todos sin excepción; incluso cuando los que lo consiguen sólo descubren que duele mirar a los que no lo han hecho.

Como toda singularidad, los primeros segundos de Placebo determinan toda la significación desarrollada después: comienza una batería seca, metálica, después entra una guitarra estruendosa, afilada sin abandonar del todo el indie rock, y cuando entra el bajo con su tono post-punk acelerado el conjunto está tan enrarecido que no podemos atestiguar haber escuchado nunca antes nada parecido. En esos primeros segundos nació el grupo. En términos líricos, también se presentarían ya formados: «stuck between the do or die, I feel emaciated»; historias sobre moribundos emocionales, víctimas que se sienten verdugos —no es casual la elección del término «emaciated», que podríamos traducir tanto por «extenuado» como por «demacrado» o «macilento»—, miradas al abismo de los ojos de algún otro que nos ha condenado a caer con él. Después añadirán varias capas de ambigüedad sexual, un tono más pop por rebajado en algunas de sus canciones y una mayor carga de oscuridad general para redondear un primer disco que no es la promesa de una voz, sino la concreción de una personalidad ya bien desarrollada.

Con influencias más próximas al rock progresivo de los 70’s y el noise rock más adusto, sin por ello obviar su evidente violencia punk, que a las clásicas formas del indie rock y el britpop en el que en ocasiones se les sitúa —no sin antojarse una estupidez, ya que su personalidad rompe de forma radical con su presente: aún no vivimos en tiempos donde Placebo suene, normativamente hablando, como algo corriente—, este primer asalto al parnaso se saldó con su consagración inmediata como grupo de culto. Su sonido, único, y la voz de Brian Molko, aprovechando sus deficiencias vocales como rasgos de estilo, crearían un magma irrepetible de violencia nihilista, más profundamente humano que adolescente, que conseguiría pervivir durante cuatro discos creciendo en complejidad con cada nuevo asalto. Creciendo en complejidad, no por ello devaluando lo anterior: Placebo es una obra maestra en la misma medida que lo serán sus siguientes tres discos, porque en cada uno de ellos van explotando nuevas diferencias sutiles dentro de su estilo.

Placebo son la infinita tristeza de aquel que ve el mundo descomponiéndose bajo sus pies, que sufre por no saber dejar caer a aquellos a quienes quiere; es la música de los chicos ambiguos y tristes, de aquellos que acaban despreciando su inteligencia para no tener que enfrentarse al frío infierno del mundo. Un viaje infinito hacia el vacío en un intento imposible de volver a casa: «she stole the keys to my house / and then she locked herself out».

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