Sleep Party People – Sleep Party People (2010)

por Álvaro Mortem

Sleep Party People - Sleep Party People (2010)Nada se comprende sin la tristeza. El ser humano, atravesado por el desarraigo de una existencia monótona y ajena por definición, necesita aferrarse a lo sentimental para encontrar las palabras que son capaces de definir su estado; «tristeza» no significa nada salvo el estado, por eso no es suficiente con vivir algo para plasmar aquello que sentimos. Pretender describirlo a través de palabras llanas es la entelequia de aquellos que creen que el acto literario es sólo un capricho de ficción, un acto de masturbación, cuando no una búsqueda profunda del sentido último de las cosas. Lo inefable, lo inenarrable, aquello que no se puede pronunciar, es el campo abonado de la metáfora: donde las palabras no llegan debe llegar la evocación, la sutil construcción de un sentido perdido.

Sleep Party People, a pesar de desarrollar un dream pop próximo al manual del género, tienen algo de litúrgico más que de onírico: sus canciones resultan recursivas, repetitivas, un ensalmo machacón que pretende esconder su fondo oscuro a través de palabras y formas amables. Intenta, que no consigue. Su resultado es hipnótico, extraño, más allá de este mundo. Nos sumerge en un mundo ajeno, en una nostalgia infinita definida a través de la tristeza profunda del alma, donde nos zarandean y arrullan y recuerdan nuestro destino. El mundo es un lugar vacío y cruel. Y sin embargo, hay algo cálido tras sus melodías. No llegan hasta la calidez onírica de Slowdive, aunque su impronta sea palpable, ni alcanzan la oscuridad del witch house de gente como oOoOO, aunque sus similitudes sean evidentes; atraviesan la madriguera del conejo y no aparecen en el país de las maravillas, sino en el sofocante espacio interior de ser humanos. Ya nunca será posible alcanzar el mundo de nunca jamás, porque la vida nos ha atravesado haciéndonos mortales por el camino.

«Melancolía, tristeza, nada más» —parece estar gritando todo Sleep Party People. Grito ahogado, tierno, como un arrullo secreto dicho en voz baja por un amante que se acurruca a nuestro lado mientras dormimos, que desaparece de nuestra cama cuando despertamos porque prefiere que creamos que todo ha sido un sueño; desalmado de un modo tierno, cruel no sin dulzura, nos arrastra hasta los abismos donde no queda luz, donde el agua se vuelve cálida y reconfortante. Su oscuridad es amniótica, casi infantil, como la existencia en que existen los bebés antes de ser arrojados al mundo: hacen mensajeros a los vientos y ministros a las llamas del fuego. Evocan mundos sin hombres, sentimientos descarnados, existencias sin formar. Ya no sentimos que estamos ante algo onírico, brutal por la proximidad que tiene con nuestro subconsciente, sino que se nos presenta como la etérea imagen de un recuerdo olvidado. Olvidado no por malo, sino porque no sabemos vivir aceptándolo.

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