The Damned – Phantasmagoria (1985)

por Álvaro Mortem

The Damned - Phantasmagoria (1985)Nada permanece, todo muere. Lo que una vez fue algo vivido, límpido y brutal, en algún momento futuro será una fantasmagoría, una realidad que sólo vislumbrarse a través de las transparencias del tiempo en forma de recuerdos, revivals y parodias; todo decae, envejece, muere: sólo permanece lo que evoluciona, lo que tiene posibilidad de adelantarse al propio espíritu del presente cada vez que tiene ocasión de hacerlo. Los demás, quienes se dejan arrastrar por los pastos de un pasado que siempre les parece más verde, son aquellos que vagan como fantasmas por un mundo que ya ni siquiera reconocen. Ese es el destino de los viejos artistas, aquellos que no saben mantener el exigente ritmo del presente o morir a tiempo.

Aunque cuando decimos The Damned pensamos en punk, no es lo único que el grupo ha sabido cultivar a lo largo del tiempo. La obsesión de Dave Vanian por lo gótico, y no sólo por su tendencia igualmente obsesiva por disfrazarse de Drácula, condujo al grupo hacia un cambio gradual que los llevó hacia los ritmos oscuros, la charanga dark —más cerca de una reinterpretación de las bases jamaicanas que de la new wave, en cualquier caso— y la explotación de la voz de su cantante para propósitos de ultratumba. De todos modos, se acaba antojando estúpido denominarlo gothic rock. Su tono se nos antoja como abandonado de toda su aspectualización punk, cuando antes se intuía detrás de cada canción, y, aunque sus atmósferas tienen un evidente regusto oscuro, su sentido del espectáculo hace de las canciones una atropellada exhibición pop de toques siniestros más que una auténtica apropiación gótica.

Phantasmagoria es una fantasmagoría, una ilusión óptica que representa figuras que no están ahí. Ni es gótico ni se espera que lo sea, porque es un excelente disco de pop que sabe conjugar aspectos de la tradición siniestra con ciertos toques punk, presentes por más diluidos que estén, conformando una base que puede disfrutar cualquiera; los siniestros no echarán de menos que sea más auténtico, el público general descubrirá que existe música oscura que también ellos pueden bailar. Todos salen ganando. De este modo se cierra el círculo de rarezas que supone el disco: nada en él es auténtico, todo son proyecciones espectaculares de elementos genuinos, pero en ningún momento suena impostado: consiguen hacer un disco gótico que no es gothic rock, son siniestros siendo pop, siguen sonando punk incluso cuando ya han renunciado a serlo. Porque no han renunciado a serlo. Su ejercicio iconoclasta es tan sutil, tan bien hilado, que la parodia no deja de ser una práctica genuina. The Damned no han muerto, se disfrazaron de la muerte y la convencieron de que ellos eran su sustituto.

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