Kokusyoku Sumire – Zenmai Shoujo Hakoningyou (2004)

por Álvaro Mortem

Kokusyoku Sumire - Zenmai Shoujo Hakoningyou (2004)Aunque la música se mueva por convenciones estéticas, tampoco es raro que la moda inspire y determine los sonidos de ciertos artistas capaces de crear tendencia entre sus fanáticos. En la música popular, dada su tendencia a agrupar todo en géneros bien delimitados, es lógico que se tienda a la estética como uniforme dentro de sus cánones. A nadie puede sorprender que, en un mundo que ha conocido del glam rock y del visual-kei, donde Mana y Kanon Wakeshima llegaron a ser referentes absolutos, el estilismo pueda preceder a la música; lo importante no es como suena, sino como armonizas todos los aspectos de tu estética. «Dime como viste y te diré como suenas» —parecen querer gritarnos las modas.

Cuando nos encontramos con dos gothic lolitas, dos oscuras muñecas de porcelana, nuestras expectativas musicales se disparan en una dirección específica: visual-kei, o quizás pop con tintes electrónicos oscuros. En el caso de Kokusyoku Sumire, erraríamos el tiro. Aunque la escena musical post-Kanon nos hace pensar que la estética lolita va de la mano de un estilo dulcificado también en lo musical, entendiendo por dulcificado «lo más inane y accesible posible», en Zenmai Shoujo Hakoningyou encontramos una perspectiva bien distinta. Circunscritas dentro del dark cabaret, con ciertas influencias vocales en Nina Hagen, su propuesta se nos antoja como un viaje a un siglo XIX alternativo donde la oscuridad impostada, el cabaret como casa de muñecas, inunda cada rincón del mundo. Niñas cantan con trajes fastuosos de alta sociedad para un público extasiado, imitativo, para los cuales todos los días deben o ser halloween o verse inundados por el hastío.

Su tono oscuro y carnavalesco, una celebración de la muerte que pasa por la sexualización naïf haciendo una parada en los cuentos de fantasmas como punto inevitable de su viaje. No cabe incoherencia alguna dentro de su estética. Los trajes sobrecargados, las voces ampulosas y la instrumentación orquestal mínimo da al conjunto el tono exacto de ensoñación que requiere la oscuridad cuando pretende no ser tanto una experiencia como un juego; es burlesco y extraño, transparente hasta el punto de ser difícil comprender por qué es coherente. Como un cabaret regentado por un grupo de niños adictos al opio, niños que esconden navajas y dulces de forma indistinta detrás de sus sonrisas. Cuando logramos aceptar su premisa, sólo dejarnos llevar y dejarnos hacer sin esperar entender que la estética se define sólo a partir de sí misma y no desde nuestros prejuicios, podemos llegar a comprender la genialidad tras Kokusyoku Sumire.

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