Shugo Tokumaru – Port Entropy (2010)

por Álvaro Mortem

Shugo Tokumaru - Port Entropy (2010)Aunque pudiera parecer lo contrario, incluso los individuos de corazón negro —nosotros mismos, por ejemplo— tienen la capacidad innata de disfrutar los amaneceres y las torpezas de los cachorritos y las flores en primavera y la caída de las hojas en otoño; la belleza concebida como consenso estético normalizado no es tal, ya que trasciende el consenso: su belleza se da por sí misma. Existen cosas que son hermosas, felices y agraciadas en su forma, de forma independiente de los ojos que lo miren. No es posible ver algunas cosas sin reconocer su belleza inflando de amor nuestro pecho, haciendo imposible afirmar que en realidad son cosas horrendas que sólo hacen encoger nuestro corazón. Incluso los individuos de corazón negro pueden llorar por un acto puro.

Si un sólo individuo pudiera merecer el título de rapsoda de la belleza del mundo sin duda elegiríamos a Shugo Tokumaru como nuestro más sólido candidato para el premio. El cantautor nipón, atrapado dentro del folk contemporáneo con arreglos electrónicos, nos regala exquisitas piezas de felicidad encapsuladas en canciones de ternura destilada; todo en su música es pequeño, delicado, en todo momento de una belleza inconcebible. Haciendo uso desde coros infantiles en Platform hasta trompetas naïf de corte jazz en River Low, o el ya sempiterno ukelele en el caso de Malerina, la construcción musical de Tokumaru es la suma de todos esos elementos adorables, monos por necesidad, que imaginamos cuando decimos «cosas que suenan felices». Feliz, por tanto, porque es bello y adorable de un modo incontestable, de una forma que no podemos racionalizar. En ese sentido podríamos decir incluso que abusa de la monería, del algodón de azúcar, de no ser por lo evidente: de hacerlo nos sentiríamos como entes sin alma, apenas sí humanos, monstruos que no aman la vida y el amor como sí lo hacen las almas libres y los gatitos recién nacidos y los seres de luz.

Eso no significa que no haya algo de tristeza, algo de oscuro, en su seno. Con los xilófonos decaídos de Orange se confirma la impresión que nos acompaña durante todo el trabajo: es una felicidad sencilla, pero no infantil; no hay nada impostado, no es una belleza nacida de la ignorancia, sino de la supervivencia. Su belleza se sostiene a través de lo mono, de lo kawaii, por lo mismo que nos parecen adorables los cachorros, los bebés, las mujeres delicadas y las flores: se nos antojan vulnerables y nuestro cerebro nos obliga a defenderlos, recompensándonos con felicidad química al tenerlos enfrente. Tokumaru nos hace penetrar en un mundo oscuro donde nosotros somos la potencial fuerza hostil, donde lo que tenemos alrededor son cosas blanditas y frágiles. Si nos hace felices, si podemos encontrar belleza en cada rincón de Port Entropy, no es porque alcance grados de estupidez dignos de la peor Amelie, sino por todo lo contrario: es completamente autoconsciente, sabe que para sobrevivir haciendo una música frágil debe parecer lo más adorable posible. Es brillante desde un paradigma reproductivo, pero nos hace tan felices, se nos antoja tan efectivo en su propósito, que nos sería imposible negar que también lo es en el estético.

Negar eso sería negar nuestra condición misma de seres humanos y, hasta donde podemos saber, la belleza es algo que sí está en los ojos de aquel que mira, por aquello de estar conectados a un cerebro. Y sólo los ojos humanos miran buscando la belleza del mundo.

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