Tangerine Dream – Thief OST (1981)

por Álvaro Mortem

Tangerine Dream - Thief OST (1981)Todo acto tiene su propia banda sonora. En tanto el sonido nos acompaña en cada instante, incluso en lo más profundo del silencio absoluto —porque todavía oiríamos los latidos de nuestro corazón, la sangre fluyendo a través de nuestras venas—, pretender que es posible recrear la realidad obviando el sonido es una quimera carente de sentido; todo acto va acompañado de gestos sonoros que lo determinan y enfatizan, dotándolo de una entidad del que carecerían si no apelaran también a nuestro oído. Cuantos más sentidos involucremos en un acto, más real se nos antojará. Escuchar aquello que percibimos a través de la vista no es un capricho a la contra de nuestra predominancia cognitiva, visual por encima del resto, sino un acto necesario para percibir la totalidad del mundo fenoménico que nos envuelve y nos rodea.

Hablar del cine de Michael Mann, por más indirectamente que lo hagamos, siempre es un ejercicio de riesgo: su búsqueda de la imagen perfecta, representada por una precisión quirúrgica con la que construir obras catedralicias, hace imposible comprender cada imagen fuera de su contexto, de su lógica fenoménica. Cada imagen es tratada como la más importante, como un pedazo pulido de perfección cristalizada. Si esa obsesión está presente en las imágenes, la música que las acompaña y dota de existencia no podría ser menos obsesiva en su formación. La banda sonora de Tangerine Dream nos lleva por caminos oníricos, su habitual krautrock llevado a la esencia de los neones y la playa y la noche abriéndose paso entre sótanos inmundos y cafeterías veinticuatro horas en un mundo que ha renunciado al glamour, que se conforma con una patina de belleza cotidiana; no encontramos aquí la obsesiva búsqueda de una belleza aristocrática del crimen tan propia del cine, sino la banalización absoluta del mismo: los criminales son gente común, con vidas arrancadas de cuajo de la tierra que habitan, arrojados en un mundo donde la belleza no se da por ostentación, sino por la brillante composición de su cotidianidad.

Tangerine Dream se centran en estridencias brillantes, ruidos celéricos y un estilo que suena como el epítome de los 80’s, rozando en múltiples ocasiones un sonido que podría ser un reflejo extemporáneo de lo que Drive buscaría, y lograría, representar en su propio seno. En cierta medida, sin Thief no habría Drive. El desarrollo del krautrock cae aquí de lleno en las composiciones de sintetizador más hortera, abusando de sonidos brillantes, pero sin olvidarse de las guitarras graves como contrapunto perfecto de solemnidad; no sólo es un adelanto del sonido synth pop de los 80’s, sino su epítome y máximo representante experimental. Todo lo que podría haber salido de un Yamaha DX7 ya aparece aquí, refinado y perfeccionado, como un ejercicio de futurología musical que trasciende lo extemporáneo para devenir intemporal.

«Precisión quirúrgica con la que construir obras catedralicias» —decíamos al respecto de las imágenes de Michael Mann. Lo mismo podríamos decir del sonido que Tangerine Dream construyó para esas imágenes, ese tótem a la perfección más allá del tiempo, que edificaron el sentido mismo de una época que en realidad nunca existió fuera de un puñado de artistas. Fuera de Mann, de Tangerine Dream, de sus mentes cableadas excepcionalmente.

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