Bigott – Fin (2009)

por Álvaro Mortem

Bigott - Fin (2009)Existe una belleza inaprensible en dotar de pinceladas personales algo ajeno a la tradición en la que hemos sido criados. Cuando un artista tiene un estilo marcado, ya sea por su visión particular del medio o por las particularidades coyunturales que florecen en su arte, es cuando alcanza a lograr algo así como una voz propia. El problema de «tener algo propio», de convertir algo asentado en algo nuevo, es que los demás no tienen por qué comprenderlo; es imposible hacer evolucionar un medio sin voces propias, pero éstas suelen resultar, por lo general, indigestas. ¿Qué cabe hacer entonces? Tomar sales de frutas para nuestro entendimiento, tomarnos un tiempo para dejarnos infectar por la particularidad que intentan vendernos, y juzgar en consecuencia.

A veces la personalidad no viene por el rupturismo, sino por abrazar las formas más esenciales (y menos explotadas) del carácter de la tierra. En ese sentido, Bigott es tan maño que produce pavor. Armado con su guitarra española, su encanto castizo y su humor a prueba de bombas va desollando un folk rock, casi country si es que no directamente americana; que nos hace pensar en Aragón como una provincia del sur de EEUU: no intenta neutralizar su basto acento, más al contrario hace de él parte de su personalidad musical. Los arreglos son mínimos, la música aparece desnuda, dando así absoluto protagonismo a lo profundo de su voz y los contrastes que puede construir a través de ella. Hace uso de carillones, de ligeros efectos electrónicos y de coros femeninos, logrando de ese modo hacer que su voz, grave, cálida, se vez reforzada en un constante ejercicio de contraste creador. Su baza no es haber traído un género ajeno a la tradición hasta la lógica regional, sino hacer de un acento imborrable parte del juego de experimentación con el género.

Fin, que está lejos de suponer el punto y final de su carrera, resulta un disco ecléctico por aquello que tiene de familiar. Su acento no es extraño, no tiene nada de anormal o raro, pero en el contexto supone un acercamiento que viola las premisas que creíamos básicas en la música que interpreta; cantar en inglés con acento maño, cuando todos los artistas del género intentan impostar una imposible ausencia de acento, resulta tan refrescante como desconcertante. Bigott puede ser acusado de muchas cosas —de ausencia de virtuosismo, de fuerte acento, de cantar en inglés—, pero todos esos elementos son los que configuran su particular personalidad. Un músico más ortodoxo no lograría resultar tan cercano, tan divertido, precisamente por haber depurado todos esos «defectos». Nos encontramos con un trabajo que brilla por su sobriedad, por una madurez no desprovista de elegancia que se construye no a través de la novedad, sino de convertir sus «defectos» en virtudes.

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