Placebo – Every You Every Me (1999)

por Álvaro Mortem

Placebo - Every You Every Me (1999)Nadie es soberano ante el tiempo. Aunque pretendamos ser siempre jóvenes, permanecer idénticos por fuera y por dentro, los años que van sumándose a nuestra experiencia nos van puliendo, convirtiéndonos en otras cosas que nunca pudiéramos haber imaginado. En lo esencial seguimos siendo los mismos —ya que las personas no cambian, evolucionan, porque de una semilla de manzano no puede germinar un abedul, por más que podamos podarlo para convertirlo en un bonsái—, pero ya no somos la misma persona. El tiempo no perdona, sepulta, y acompañado de las experiencias nos descubre nuevas formas de ser nosotros mismos, incluso algunas que nunca hubiéramos deseado conocer como posibles: el tiempo es letal no sólo porque nos conduzca hacia la nada, sino también porque nos mueve de nuestra zona de confort.

El tiempo también trabaja sobre las heridas del corazón. Brian Molko afirma no saber para quién escribió Every You Every Me, algo muy apropiado dado lo universalizable del subtexto: ser un imbécil que elige relacionarse afectivamente con personas de mierda (Sucker love, a box I choose) siendo consciente de esa elección (No circumstances could excuse), excusándose en que él pone todo en juego y no le devuelven nada a cambio (I serve my head up on a plate) cuando sabe que lo hace sólo por su propio interés (It’s only comfort, calling late). Veleta emocional, buitre de la autoindulgencia, carroñero que juega inflando las expectativas de lo que cree que le aportarán los demás para nunca tener que implicarse de verdad, ya que así siempre le decepcionarán. He ahí que no sea sólo every me and every you, sino que concluya con he: siempre hay un tercero, la posibilidad de saltar a otra relación tóxica más sencilla que con la que nos hemos quedado. Toxicidad emocional pura en forma de una tonadilla pop efectiva.

Con Every You Every Me parodian —ejerciendo, al menos parcialmente, la autocrítica en el proceso— las dinámicas emocionalmente perniciosas de muchas personas. Tal vez también las del propio Molko, según ha dejado caer en alguna ocasión. Para hacerlo cogen una linea de guitarra sencilla, una escalada constante, una batería con exceso de platillos y una estructura circular obsesiva que nos da la dimensión real del contenido: es la metódica repetición de patrones conocidos, una inquietante declaración de estar haciendo algo mal y repetirlo una y otra vez. El eterno retorno de lo mismo aplicado a la ética promiscua más autodestructiva. Ahora bien, la canción no se queda ahí. Detrás de la aparente sencillez pop hay un cuidadoso trabajo de percusión y un desarrollo progresivo que nos lleva hacia la catarsis, el cierre de la canción como culminación lógica. Salvo por un último gesto irónico: la canción es tan adictiva que dan ganas de volver a escucharla, volviendo así al bucle de relaciones obsesivas.

Hacer de la estructura del pop, por definición cíclica, repetitiva y pegajosa, una simulación del sentimentalismo como ofuscación de cualquier racionalización de la necesidad propia es un ejercicio brillante, pero la canción no se queda en eso. En directo revela otros aspectos de sí misma.

El viento huracanado del bajo, formando un muro impenetrable, la tormenta perfecta de la batería, arrojándonos fuera a puñetazos, la fluctuante voz de Molko, añadiendo diferentes matices en el directo. Espíritu punk aplicado a una estructura pop. La canción se dilata hasta el infinito, extendiéndose casi un minuto más, haciendo bucles dentro de los bucles en una versión que precipita los acontecimientos en una forma acelerada de los mismos. Más larga, pero más breve. El final se convierte en pura catarsis, una progresión adrenalítica de virtuosismo musical donde la voz desaparece para articularse en un torbellino que se va construyendo de forma circular, para acabar en un destello más próximo al sonido de 36 Degrees o Come Home que al de la canción en su versión de estudio. Punk, en resumen, por su actitud irónica y brutal, que no respeta nada.

He ahí el paso del tiempo. El tiempo que implica pasar del estudio al directo, de la relación masiva con lo desconocido a la relación íntima con los fans —porque, por grande que sea el concierto, siempre será ante un público que se reconoce próximo a la música—, crea la distancia necesaria para articular un discurso más cercano: la forma se recrudece, se hace más intensa, gana en fuerza. Ya no es necesario vestir ropajes sutiles, susurrar al oído ironías disfrazadas de verdades. La estructura se quiebra, se agudiza y se convierte en una espiral sin fondo, sin límites, a través de la cual autoexplorarse en una conversación íntima, si es que no salvaje. Cada frase tiene su énfasis particular, cada cambio otorga una nueva dimensión al conjunto, lo cual nos revela, al tiempo, nuevas formas de interpretar su contenido.

Tiempo y perdón nunca van de la mano. Si la versión de estudio de Every You Every Me puede pecar en algún momento de autoindulgente, en la versión en directo se convierte en un esputo (pasivo)agresivo que va dirigido, en primera instancia, contra sí mismo. Porque todo arte se escribe desde el corazón, pero ningún corazón tiene más que decir que aquel que sangra eternamente.

2 comentarios to “Placebo – Every You Every Me (1999)”

  1. Buena la columna. El argumento es impecable (el tema de la canción, la elección consciente de relaciones destructivas, y su correlato en la relación entre letra, música e interpretación; lo que al autor le parece notable dada la naturaleza pop de la canción). Sin embargo, el tema del tiempo al principio y al final del artículo parece ser independiente del corazón del artículo, ya que solo considera la simplificación de la interpretación musical como muestra del paso del tiempo, metáfora de lo que permanece (letra) y de lo cambia (interpretación musical) en una persona. Eso presupone que para el autor lo invariable es la letra, cuya inteligibilidad, su capacidad de comunicar algo, no se vería afectada por los cambios en la interpretación musical.

    • Su inteligibilidad varía. Es la misma metáfora con diferentes matices, por lo cual no cambia el texto (porque no varía, porque permanece estático) ni el subtexto último (porque sigue siendo el mismo), pero, como afirma el artículo, en el directo «cada frase tiene su énfasis particular, cada cambio otorga una nueva dimensión al conjunto, lo cual nos revela, al tiempo, nuevas formas de interpretar su contenido». O lo que es lo mismo, lo que varía son los matices dentro de una metáfora que no cambia. Evolución, por tanto, no cambio, y he ahí cómo engarza el conjunto de la teoría.

      Forma y fondo van unidos, no se puede cambiar la forma sin que el fondo se vea afectado. Aunque sea sólo en matices.

      Muchas gracias por comentar.

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