Mobydick – Cotard Delusion (2013)

por Xabier Cortés

MobydickCualquier obra artística que quiera denominarse como tal —y sí, la música es arte, no entretenimiento; parece que tenemos que recordar este aspecto esencial de vez en cuando—, debe reflejar de una manera más o menos explícita, más o menos sutil, parte de la personalidad del artista. Una obra se sabrá completa cuando seamos capaces de descifrar los guiños, mensajes y retazos que se esconden entre las notas, las escalas, las estructuras y los sonidos que la construyen. Un disco que nos ponga a prueba y que sea capaz de crear escenarios en el que encontrarnos frente a frente con el artista y con sus inquietudes; un disco que refleje y que sea capaz de contener —en el amplio sentido de la palabra— toda la idiosincrasia de la persona responsable del mismo. Sucede, además, que cuando el disco adopta formas sencillas sin perderse en elementos superfluos que emborronarían el propio núcleo del mismo, esa crudeza llega a nosotros de una forma más directa, más pura. Es por esto mismo que Cotard Delusion, el larga duración debut de Mobydick tras dos EPs imprescindibles, se parapeta en nuestro interior, nos retuerce y nos aprieta hasta hacer que nos tiemblen los cimientos.

Encontramos también que en el momento que un artista se plantea la vía de la autoedición para publicar su obra sienta también, a modo de manifiesto, unas bases sobre las motivaciones para tomar ese camino: el artista exige y necesita libertad. El artista quiere mantener el control de su obra hasta sus últimas consecuencias y a todos los niveles; controlar hasta el más mínimo detalle de cada pequeña fase de la producción de un disco para saber que en ningún momento se pierde el foco ni el germen de la obra. Mobydick, desde Getxo, apuesta por la autodecisión y apuesta también por el crowdfunding para traernos su cuidada, íntima y oscura propuesta folk rock. En cada una de las líneas que completa este Cotard Delusion, podemos notar en nuestra propia carne el esfuerzo y el sacrificio que supone adoptar esta forma de creación. Eneko, la persona que se encuentra tras el moniker Mobydick, es capaz de, con los elementos justos y necesarios —a veces, sólo a través de su guitarra acústica y, sobre todo, con su voz profunda a la que deberían dedicar monumentos en las plazas de todos los pueblos a orillas del cantábrico y parte del extranjero— engancharse dentro de nosotros con la fuerza del que se sabe libre y cree en su proyecto. Se aferra con fuerza, aprieta, retuerce y emociona. Cada punto vital sobre el que se sostiene este álbum marca su objetivo y dispara sin piedad. Resulta imposible no dejarse embriagar por la vitalidad y la fuerza de Cotard Dellusion II —que son los mejores cinco minutos y diecisiete segundo que he tenido el placer de disfrutar en los últimos años, palabra—. Resulta imposible no quedarse de piedra con la desgarradora «Hey God» o con la delicada Ama (Aita). Resulta imposible no hacer nuestro Cotard Delusion.

Mobydick apunta, dispara y acierta en cada una de las nueve composiciones que completan este álbum y nos acerca su propuesta de una forma en la que somos capaces de ver el esfuerzo, el sufrimiento y el sacrificio que hoy en día representa ser libre. Valorar o no ese esfuerzo y, sobre todo, ese resultado será nuestra tarea

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