Boris – Pink (2005)

por Álvaro Mortem

Boris - Pink (2005)Nuestra sensibilidad se articula tanto desde un conocimiento cultural adquirido como desde una base fisiológica innata. El mejor ejemplo posible lo encontramos en nuestra percepción del color rosa. Asociado con lo infantil, la feminidad y el amor romántico, es un color que debería transmitir armonía cuando, en general, transmite desasosiego: los colores rosas crean inquietud, si es que no rechazo, al ser colores que, de forma natural, se asocian tanto con la infancia como con la mortandad. Con aquello que nos recuerda mortales. Las rosas tienen espinas, los bebes son sonrosados y los labios de los cadáveres adquieren un tono rosado. En Japón es también el color propio del erotismo —de ahí el pinku eiga, mezcla de erotismo con diferentes grados de violencia—, siendo otro ejemplo donde lo cultural y lo natural se asocian de forma armoniosa: eros y thanatos, vida y muerte, dándose la mano. Porque, en ocasiones, nuestra inteligencia enmascara lo que nuestra sensibilidad ya conoce.

La brecha cognitiva existente entre la recepción inmediata y el conocimiento adquirido es importante en nuestro terreno: la separación entre música y ruido es endeble, fruto de una sensibilidad cultivada. En ese sentido, Boris sólo pueden comprenderse como adeptos del ruido musicalizado. Con Pink firmaron su disco más accesible, formulado sobre bases canónicas del rock —especialmente, en términos estructurales: canciones violentas puntuadas en momentos específicos por baladas que rebajan el ritmo—, llevadas hacia su terreno; la base que cohesiona todo es el estilo inconfundible del grupo, su ruido desatado de mil modos diferentes. En Pink el ruido es un fuzz heredado del sludge donde en Just Abandoned My-Self es distorsión acompañado de una estructura acelerada y en My Machine una sofisticada elección de sutiles distorsiones. Lo que desentraña el sentido último del grupo no es la música en sí, sino cómo la sostiene el ruido.

Incluso con el ruido como marca de la casa, Pink es un disco de apariencia ortodoxa. Articula un hard rock violento, rápido, bailable, que va adquiriendo diferentes tonalidades, desde el doom metal —contando con tintes stoner y sludge como norma, rozando en ocasiones el drone doom— hasta ciertos toques hardcore punk, si es que no directamente crust en sus momentos de mayor descontrol. Es un trabajo accesible para cualquiera familiarizado con el rock. Pero bajo esa fachada de normalidad el ruido se desata huracanado en cada mínima ocasión, en estribillos e introducciones brutales, en estructuras cimentadas sobre gritos y guitarras distorsionadas hasta cortar el aire: entras por el rock, te quedas por el noise.

Si Pink es un perfecto disco para iniciarse en el universo Boris es por su interés en hacer un disco accesible, pero profundo. Su labor es didáctica, moldeando nuestro oído hacia sonidos más duros que, en otras circunstancias, nos parecerían excesivos; sus trabajos con Merzbow o Keiji Haino requieren de una sofisticada sensibilidad fruto de un metódico entrenamiento, pero Pink amolda con sencillez el ruido a un discurso que comprendemos de base. Nos hacen ingerir veneno en pequeñas dosis camufladas en un dulce para crearnos tolerancia. De este modo consiguen trascender su público natural, los connoisseurs musicales, sin traicionarlos en el proceso. Siguen trascendiendo cualquier límite conocido, creando complejas estructuras que ningún otro grupo puede siquiera soñar, mientras educan el gusto de una mayoría que toleran el rock pero llaman despectivamente ruido a la evolución del mismo.

La vanguardia debe ser el lugar de experimentación del mainstream futuro, no el gueto de los incomprendidos. Sabiendo eso, Boris construyen una catedral a su propio genio en la cual explorar con calma, sin dificultad, el discurso que desarrollarían en formas más puras en otros de sus trabajos; no se venden, no se hacen de menos, sino que encuentran la forma de expandir su universo ofreciendo una puerta de entrada óptima para el neófito. Porque ahí radica el juego sensibilidad-cultura. A través de la sensibilidad que ya tenemos nos enganchan, pero, en tanto, atraviesan a través de ella destellos de algo más complejo con lo que nos cultivan.

Preguntar si Boris son ruido o música es como preguntar si el rosa significa inocencia o muerte. Son ambas cosas. En la naturaleza todo se oculta en diferentes formas, porque el veneno puede ser el antídoto del mismo modo que la muerte puede ser el principio de la vida. Eso es el mundo, una paradoja inconcebible, y así es como Boris lo han entendido.

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