World Order – World Order (2010)

por Álvaro Mortem

World Order - World Order (2010)La música es el territorio de lo abstracto. Mientras las artes visuales tienen un componente de concreción, ya que siempre remiten hacia objetos reales incluso cuando recrean lo irreal, las artes sonoras están encadenadas por definición al terreno de lo indeterminado; mientras lo visual remite a lo físico, lo sonoro lo hace a lo sentimental. Partiendo de esa premisa, es lógico exigir a la música que nos inspire sentimientos. Arrojarnos a la pista de baile, obligarnos a tararear las melodías o asociar ciertas canciones con situaciones importantes de nuestra vida no es sólo lógico, sino también necesario. No existe música desconectada lo real, ya que siempre imprime sensaciones concretas en ella.

House de base, muy sencillo, con ciertos arreglos más próximos al j-pop del principio de la década pasada que al electro house tan popular en la nuestra. Eso aportan en lo musical World Order. El trabajo que hace Genki Sudo en la composición es una búsqueda más sentimental que artística, situando lo físico-emocional por delante del puro virtuosismo: sus canciones se pueden bailar —cosa que aprovechan de forma ejemplar en sus videoclips, que acaban haciéndose virales por la linea indivisible entre música y danza en el proyecto—, pero su objetivo último es la felicidad que logran irradiar las mismas. Si bien es cierto que tiene ciertas demostraciones de estilo, bien sea con los juegos de violines en Mind Shift o las variaciones vocales del propio Sudo en Boy Meets Girl, carecería de sentido evaluar el conjunto desde el punto de la novedad musical. Funcionan de forma efectiva, pero no revolucionaria.

Siete bailarines, cinco productores, Genki Sudo encabezando el proyecto. A pesar de toda la gente involucrada la estética que imprime Sudo al conjunto no sólo es coherente, sino también inviolable: cada trabajo suena único, como un universo en miniatura perfectamente medido, pero en conjunto se aprecian como el perfecto trabajo de orfebrería de un dios dedicado a su creación. Todo funciona como un reloj, con precisión, sin posibilidad de encontrar cómo hacen tan rotundamente sencillo y alegre. Cómo consiguen llenarnos el corazón de ternura de esa forma tan efectiva. Y si bien en los vídeos es donde más impresiona, también su música logra ese efecto. Arranca nuestros sentimientos desde el limbo para colocarnos en nuestro corazón, dejándonos indefensos a su necesidad de hacernos felices; World Order nos arranca una sonrisa, una lágrima o un suspiro, incluso sin saber cómo lo ha logrado. O lo que es lo mismo, arte.

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