Kanye West – Runaway (2010)

por Álvaro Mortem

Kanye West - Runaway (2010)Ante un cuadro de George Condo el sentimiento más común es la extrañeza. El modo en que descompone las formas, los colores, los motivos, nos lleva de la mano hacia una realidad que parece estar en el límite de la representación de un hombre cuerdo, pero sin caer nunca en la provocación o la lisergia; nos hace sentir extrañados, pero no inseguros, porque de algún modo permanecemos todavía con un pie metido en el campo de lo conocido; de algún modo, Condo nos está dando la mano con fuerza mientras nos sumergimos en su peculiar mundo pictórico. Nos acompaña, nos susurra, no sentimos que estemos perdidos en un lugar que sólo existe en su mente y entendemos desde cierta distancia. Con una intimidad fría, cercana, guía nuestra mano por sus pinturas para que las sintamos próximas y nos demos cuenta que ese es nuestro mundo visto con ojos capaz de atravesar las apariencias.

No es casual que la portada de Runaway sea una pintura de Condo. Kanye West busca la extrañeza, convertir su existencia en un acto hiperbólico de realidad —convertir su existencia en arte, si consideramos que el acto artístico definitivo se da en el artista como lienzo de sí mismo—, emparentándolo con el pintor a través de lo que logran; nos presenta un mundo distorsionado, su visión de la realidad, pero no nos suelta jamás de la mano: nos aconseja salir corriendo, se declara un héroe trágico víctima de la hibris, pero nunca nos deja marchar. Siempre volvemos sobre nuestros pasos. Es una persona desmedida, obsesiva, imposible al trato, pero todos aquellos que le rodean son peores; los críticos, los medios, las personas: todos están allí para él, para alzarlo o para destruirlo. El mundo entero observa sus pasos. En cualquier caso, alimento para su ego. ¿Y acaso hay algo más allá de él? La vacía nada de la mediocridad, la vida diaria del don nadie; con él, sin embargo, el fuego de un ego incombustible que nos consumirá en el proceso. Todo lo que puede entregarnos es dependiente de ese sacrificio, ya que «cada bolso, cada blusa, cada brazalete, viene con un precio marcado, nena, acéptalo».

Runaway, en tanto balada y pira funeraria, es el lugar donde se va a morir aceptando que es imposible eclipsar la dimensión inconmensurable de West. Al tiempo, también es sentir como él nos dirige a través de su visión del mundo, por más que nos resulte extraña o escalofriante. No existe sitio más que para sí mismo, para su ego desmedido, y cualquiera que quiera quedarse cerca suyo debe saber que ha puesto su vida en suspensión; el amor y la admiración se confunden, porque no existe lugar para la humanidad en aquel que se ha autodeclarado dios de nuestro mundo por haber sabido ver más allá de las apariencias.

Ningún dios conoce de amor, porque eso es cosa de humanos. Esa es razón suficiente, aunque única, para adentrarse en los páramos oscuros del deseo que retrata Runaway en primera persona: West suplicándonos que huyamos mientras podamos, ya que cerca de él sólo serviremos para alimentar una llama que ilumina el mundo. Una de tantas, como buenos politeistas que somos.

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