Chet Baker – Chet Baker Sings (1956)

por Álvaro Mortem

Chet Baker - Chet Baker Sings (1956)Aunque el amor como objeto artístico se ha desvirtuado a través de formas culturales reprobables —sean las novelas decimonónicas de baja estofa, sea el pop contemporáneo diseñado en consejos de administración—, eso no significa que no tenga un valor intrínseco dentro del arte. Infinidad de músicos le han cantado al amor, cuando no lo han hecho el motivo principal de sus composiciones. Por amor vivimos, por amor morimos; no es necesario que sea romántico, puede caracterizarse como pasión por la música o por el amor en sí mismo —aunque el billete más directo al infierno sea la pasión desmedida por la pasión, cornucopia de los problemas innecesarios—, pero es natural acabar encontrándolo escondido en algún punto de nuestras creaciones. Al arte le gusta esconderse en el amor, incluso aunque nosotros no lo queramos.

Terciopelo, porcelana, tabaco y bourbon; Chet Baker debía estar compuesto de esos cuatro elementos, de ese aroma noir, inaccesible, que hace a un hombre ya no masculino, sino atractivo: no necesariamente guapo, pero sí exudando esa extraña combinación entre peligro, tristeza y sabiduría que algunas mujeres llaman «personalidad». También lo hacen algunos hombres. Chet Baker es su música como su música es Chet Baker, se contagian mutuamente de ese tono especular, melancólico, que iban arrastrando el uno al otro en todo momento; para muestra, dos botones: But Not For Me es gamberra y divertida, pero sólo nos deja entrever la melancolía del amante que ha perdido algo por el camino y, del mismo modo, I Fall In Love Too Easily se deja llevar por un tono más pesado, introspectivo incluso, como juzgándose por los acontecimientos. Leve en el flirteo, grave en el amor. Sus canciones o bien viven para divertirse con las mujeres o deprimirse por ellas, pero nunca se conducen en ambas direcciones.

Baker es un caballero, un dandy, en tanto conoce siempre donde está su lugar y cómo hacerse notar sin levantar la voz ni un tono, sólo valiéndose de su presencia y sus silencios. En Chet Baker Sings no es sólo su trompeta iluminando el escenario, su facilidad para hacer fácil lo imposible, convertir el jazz en el epítome de la belleza contemporánea, es también su registro vocal, el último caldo de cultivo de cualquier seductor que se precie: no sólo decir las palabras adecuadas en el tono indicado para ser interesante, sino también callar las que no hacen falta. Su estilo es directo, cálido, cercano. Parece estar susurrándonos al oído más que cantándonos, nos seduce sin jugar con nosotros, porque sólo está jugando consigo mismo. Empuja sus límites, intenta descubrir donde está, hasta donde puede llegar sin dejar de ser él mismo. Es un dandy enamorado del amor, de la música, de sí mismo: cada día es el día de San Valentín. Y ojalá poder celebrarlo todos los días con él.

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