УТРО – УТРО (2010)

por Álvaro Mortem

УТРО – УТРО (2010)Aunque resulte triste admitirlo, que un grupo de habla no-inglesa consiga un cierto éxito internacional roza lo imposible. Ni el público está dispuesto a aceptar sonidos que no le sean ya en alguna medida familiares ni la crítica es capaz de aceptar aquello que le exige un esfuerzo notable, lo cual condena el grueso de la producción mundial al underground; la música hoy es anglófona, al menos si miramos hacia donde todos señalan. En tanto son capaces de armonizar esos dos aspectos que permiten no marginalizar una música externa a los países anglosajones, que estén cantados en inglés y resulten familiares, Motorama han logrado una modesta visibilidad en Occidente a través del post-punk.

No nos dejemos llevar por el anglocentrismo. Hablar de Motorama es hablar de УТРО en tanto comparten miembros, con dos diferencias notables: cantan en ruso y su post-punk es más oscuro, más próximo al de Joy Division. Al cantar en ruso cambia notablemente el sonido, aunque no deja de ser la oscurificación del de Motorama —como se demuestra, por lo demás, en Портрет—, pero donde allí se pretendían más próximos al pop aquí abrazan con pasión ciertos dejes cuasi góticos. Con la batería y el bajo como principales caballos de Troya, su marcado estilo post-punk acaba redundando en unas formas más rudimentarias, también más puras, que, aunque más difíciles de vender, también se antojan más próximas a los principios del género. El ambiente general que desarrollan en su trabajo homónimo es una decadencia grisácea y pastosa, un ambiente febril, ligeramente onírico, que te va devorando lentamente casi sin darte cuenta. No exactamente gótico, no exactamente pop.

УТРО suenan profundamente rusos. No sólo por cantar en ruso, lo cual da un tono más crudo y ligeramente más vibrante al conjunto, sino también por la personalidad, más próxima al underground, que insuflan en cada una de las canciones; ahondan en su lado oscuro, en el frío, en la gris cotidianidad de un mundo entre el presente y el pasado. Nos transportan a poblados y suburbios de lo más profundo de Rusia para enseñarnos con mirada triste y desapasionada una vida que, si en algún momento pudo ser maravillosa, ahora se ve mediada por esos tonos de melancolía que resultan imposibles de sustraer del ambiente. Tono que nos deja desnudos ante un terror tan cotidiano y tan familiar que es, a su vez, tan lejano y fascinante, que nos sumerge en un profundo abismo donde no podemos decidir si estamos ante lo malo conocido o lo bueno por conocer. Esa es su magia: no entendemos las palabras, pero entendemos los sentimientos. O cuando menos, potencialmente podemos hacerlo.

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