Rammstein – Herzeleid (1995)

por Xabier Cortés

Rammstein_Herzeleid_coverEl mainstream tiene el poder de convertir un instrumento de ruptura con el establishment en un producto inocente más. Un producto al que se le arranca de cuajo todo espíritu provocador para convertirlo en una anécdota curiosa con la que llenar estanterías de centros comerciales. El movimiento creado alrededor del industrial ha visto como parte de sus principios y sus cimientos han sido manipulados; ha visto su sonido árido convertido en una herramienta más del show business. Esta circunstancia se hace todavía más patente cuando nos referimos a la vertiente rock del mismo: el sonido de una guitarra machacona se convierte aquí en una excusa para defender ese espejismo de rebeldía con el que nos ciega el mainstream. Rammstein es una consecuencia de todo esto: han convertido su rock industrial áspero y provocador en un juguete más a manos del mercantilismo. O eso es lo que nos hacen creer.

En Herzeleid, el que a la postre se convertiría en su referencia más directa y cruda, Rammstein se postulaba como un más que digno representante de la corriente más accesible —dicho esto sin connotaciones negativas— de una vanguardia, el industrial, en su vertiente guitarrera. Ritmos marciales que algunos osaron tildar de bailables —una primera muestra del poder de los medios sobre la percepción de la música, desde luego—, esquemas heredados de la electrónica de corte más severo e incisivo, todo acompañado de un trabajo rotundo en las guitarras dando soporte a un discurso provocador y exótico. El mainstream se descubrió ante los teutones y abrazó sus letras cantadas en alemán sin saber exactamente qué o de dónde procedían. Desde luego que Herzeleid no es un acercamiento pop a la ruptura del industrial; Laibach fueron, son y serán los auténticos maestros en usar las herramientas del mainstream para torpedear los cimientos de Occidente. Pero Rammstein resuelve con nota, y más en esta primera referencia, su papel como entry level al oscuro, peligroso, adictivo y fascinante mundo industrial: lo asume y lo utiliza para dejarnos pequeñas pinceladas de lo que supone el rock/metal industrial. Somos capaces de apreciar sutiles guiños a Ministry o KMFDM junto a esas inquietantes estructuras posthumanas de Skinny Puppy aquí y allá, pero, sobre todo, nos presentará un sonido á la Laibach que en ocasiones sobrepasa la simple referencia para convertirse en enfermiza obsesión llevada de la mano por la contundencia de Lindemann a las voces y el particular timbre heredado directamente de las cuerdas vocales de Milan Fras.

El gran problema de Rammstein, y que no es responsabilidad exclusiva de ellos, ha sido la sobreexplotación de algunas de sus composiciones. Empezando por el manido «Du Hast» que nos taladró durante meses y que podíamos escuchar en bares no afines a la causa metálica, fiestas y demás lugares siniestros debidamente camuflada entre un maremagnum de pop insustancial y rock inocente. Luego vinieron las bandas sonoras que encontraron en Rammstein el complemento ideal para las secuencias de acción frenética en el que el fuego, las explosiones y las persecuciones convivían con guiones elaborados para el lucimiento de la estrella del momento. Esta sobreexposición dañó, y de qué manera, los principios que se defienden en este Herzeleid pero claro, una banda que es capaz de componer una canción del nivel de «Ohne Dich», del «Reise, reise» de 2004, aún estando embarrada por lo mainstream tiene que ser necesariamente una banda que esconde algo más. Y lo es.

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