Radiohead – Kid A (2000)

por Álvaro Mortem

Radiohead - Kid A (2000)En el arte todo queda entre ladrones. Se roba de sitios conocidos, de lugares inesperados o de fuentes olvidadas, pero siempre se roba; no existe ningún artista que haya creado su obra desde la nada, sin inspirarse o tomar prestados temas o técnicas de algún otro anterior, porque incluso si existiera quien lo ha hecho no seríamos capaces de reconocerlo: ninguna persona es una isla, e incluso si la hubiera nosotros creeríamos ver la mano de otros en su obra. Incluso aunque lo pretendiéramos, no podríamos despojarnos de nuestras influencias. Esa es la magia del arte, su verdad ineludible: que nos recuerda que estamos conectados, que, de algún modo, todas nuestras acciones tienen un correlato en algún otro.

Aunque no sorprendió a nadie que Thom Yorke no fijara un continuismo claro con respecto de ninguno de sus tres trabajos anteriores, lo que hizo en Kid A estaba más allá de la comprensión general. Tomando como influencia principal al sello de música electrónica Warp, con Aphex Twin a la cabeza, además de ciertos tintes próximos al jazz y al ambient, convirtieron su particular sonido en otra cosa diferente; con largos pasajes ambientales, predominancia de sintetizadores e instrumentos de viento, lo más sorprendente de Kid A, aún hoy, no es tanto que sea un disco que aborda la electrónica sin complejos desde una óptica claramente rock, sino que no deja de sonar en ningún momento como lo que uno esperaría escuchar tras los anteriores trabajos de Radiohead. No porque sea un giro radical, un cambio de rumbo inesperado, sino porque sigue sonando a Radiohead.

En realidad cómo lo consiguen tiene mucho que ver con su estructura. Empezar con Everything In It’s Right Place, una canción que sigue los patrones básicos del grupo introduciendo de forma sutil un desarrollo electrónico fuerte, para acabar con la triada conformada por Idioteque, Morning Bell y Motion Picture Soundtrack, tres canciones de aroma más clásico, facilitan asimilar el resto. Cuando llegamos hasta Kid A, que suena como si Richard D. James hubiera deconstruido un single cualquiera del grupo, o Treefingers, digna de un Brian Eno ligeramente lisérgico, ya nos hemos acostumbrado no sólo al sonido, sino que también somos capaces de ver pequeños patrones en común. No sólo en las voces de Thom Yorke, sino también en su instrumentación. De ahí que, aunque resulte extraño, funcione en último término: su comienzo y su final nos son familiares, introduciendo elementos nuevos de forma sutil, haciéndonos sentir cómodos al no hacer un cambio radical en su sonido: nos meten sin prisa en el ambiente.

Ahí radica el secreto de uno de los discos más brillantes de nuestro tiempo. Saber dónde robar, comprender lo que estás robando e intentar no forzar el oído del oyente, sino buscar el modo de que pueda entrar con naturalidad en la propuesta; en suma, hacer de todo un gesto natural, en nada forzado. Hacer un cambio brusco ocultándolo en una serie de movimientos sutiles, como la armonía de un golpe que llega desde un ángulo ciego: independientemente de cuantas veces lo repitan, acabamos en la lona antes de verlo siquiera. Y, qué duda cabe, nos encanta besar la lona si es de la mano de Yorke.

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