Cornelius – Fantasma (1997)

por Álvaro Mortem

Cornelius - Fantasma (1997)

Dado que vivimos en un mundo obsesionado con su propia realidad, con ser siempre lo más verosímil posible, no parece quedar demasiado espacio para que la fantasía se infiltre sutilmente en nuestras vidas. No desde el ámbito de la cultura, al menos. Ahí puede haber una razón lógica por la cual la irrealidad, lo que se supone imposible o tan improbable que se da como imposibilidad fáctica, sólo se da, de forma constante, en la propia realidad: al no poder poner barreras al mundo, a los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, que se infiltre lo fantasioso e irreal en nuestras vidas depende, exclusivamente, de que desee hacerlo. En la cotidianidad está el germen de la forma más inconsistente de realidad que podamos imaginar.

Entre las grietas del realismo, dejándose llevar por la condición de fantasmagoría que le brinda el ser pionero del shibuya-kei, estaría Cornelius. Entregándonos lo más parecido que podemos encontrar al pop del año dos mil cien, realismo ganado en la extrapolación, Fantasma implica la búsqueda del extrañamiento a través de lo absolutamente normalizado. Entre una repetición constante de loops, la total renuncia al estribillo —porque todas sus canciones son todo estribillo, o lo que es lo mismo, jingles— y un uso que podríamos tildar de fetichista del glitch, consigue dar un giro radical no sólo al género al que pertenece, sino también al grueso del pop. Hace lo que hacen todos los demás, pero asumiendo que es posible la existencia de una cultura de masas inteligente. Con ritmos heredados de la bossa nova, letras naïf que ocultan conceptos filosóficos complejos o un uso brillante del sintetizador sólo para hacer despuntes ocasionales, hacen del disco un ejercicio brillante de deconstrucción.

Al hablar de pop del año dos mil cien no estábamos exagerando. No hace falta escuchar nada más que New Music Machine para ver cómo todos los patrones del indie pop anglosajón, por asociación también de la imitación de segundo nivel de nuestro país, no deja de ser una disolución del shibuya-kei. Del trabajo de Cornelius. De ahí que componga un mundo fantasmático donde sólo existe la posibilidad de la felicidad, del simulacro, al hacer que el orden de lo real sólo se nos descubra al asomarnos en lo que hay entre canciones. Todo suena feliz, fácil, accesible. Como un parque de atracciones. Hasta que se introduce el tono bufo, los coros fantasmagóricos o algo tan sencillo como una letra de canción que consista en imitar la sensación de una caída a través de la repetición de las palabras free fall. Porque eso es Fantasma de Cornelius, no sólo un fantasma, una casa embrujada, sino también una caída libre hacia lo real que funciona, al mismo tiempo, como perfecto simulacro pop —en tanto todo el pop es siempre, por definición, simulacro— y crítica del mismo. Bienvenidos al desierto de lo hiperreal, espectros de vuestro propio presente.

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